• Caracas (Venezuela)

Alexander Cambero

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Alexander Cambero

Extrañamos la Venezuela que éramos...

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Venezuela es hoy una república al borde del colapso total. Hemos dejado que el odio arruine nuestra cosecha de pueblo valeroso y democrático. Un dejo de nostalgia se apodera de nuestro pensamiento; las travesuras de la mente nos hicieron viajar a los instantes cuando nuestra realidad era distinta. La patria no era un lecho de rosas; teníamos problemas y desigualdades sociales por doquier, pero no padecíamos de esta sensación de incertidumbre que hoy nos caracteriza. Es como una pesada carga que causa escozor y vulnera nuestras fuerzas y todo pende de un hilo que nos mueve como marionetas en un teatro callejero. El país es un río de conflictos que se multiplican y no tenemos la paz necesaria para que podamos vivir sin el sobresalto permanente. ¿Cuándo surgió nuestra desdicha? No hace mucho tiempo, nuestra nación era la envidia del continente. Desde muchas regiones del planeta venían hombres emprendedores para buscar un mejor futuro en la llamada “Tierra de gracia”. Hoy huyen despavoridos ante la cruel realidad de una crisis que arruina el bolsillo y dispara las alarmas de nuestro futuro. Los números son demoledores: el país con mayor inflación, criminalidad y desempleo del hemisferio, pero, paradójicamente, con el mayor ingreso de su historia. ¿Cómo explicar semejante contrasentido? Creemos que la imposición de una ideología paleontológica fue degradándonos hasta llevarnos al despeñadero. Fuimos moliendo nuestro futuro por ir tras una ilusión redentora condenada al fracaso estrepitoso. Un régimen que se amparó en una doctrina catastrófica que sólo puede producir resultados nefastos para la vida del hombre, ya que basa su actuación en querer liquidar a quien se resiste a pensar como ellos.

Ante tantas dificultades, extrañamos el país que éramos. Podíamos salir a la calle teniendo la posibilidad de llegar con vida; nada que ver con la cruel matanza semanal que nos hace una de las naciones más violentas del planeta. El ciudadano contaba con un congreso en donde se debatía de verdad. No era un circo de anodinos incondicionales que se arrastraban como sanguijuelas, ni tenía nada que ver con el pensamiento único. Disfrutábamos de medios de comunicación en donde se respetaba la libertad de expresión, todo el mundo podía fijar posición sin que nadie criminalizara sus opiniones; poseíamos una calidad informativa que nos convirtió en referencia para la región. Espacios en donde el pueblo acudía sin el temor de terminar tras las rejas.

Contábamos con fuentes de trabajo para los nuevos profesionales, los mercados estaban atiborrados de productos de calidad. Ahora, somos una nación millonaria que no puede garantizar la alimentación idónea para su gente, esqueletos en fila frente a anaqueles vacíos, donde brilla por su ausencia hasta un rollito de papel higiénico; una muestra lapidaria de la incapacidad del socialismo como generador de bienestar. En el pasado, teníamos una industria sólida con empleo para millones, hoy tenemos un cementerio con candados que clausuran puertas enrollables; sin embargo, no perdemos la esperanza. En algún escondrijo de escalera rota debe estar aguardando la esperanza de volver a brillar; debemos encontrarnos para construir al nuevo país. Al fin y al cabo, somos hechura del mismo barro….