El Nacional

• Caracas (Venezuela)

Alejandro Moreno

Alejandro Moreno

El poder y la paz

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“Pero el día en que hayamos derribado juntos todo el enrejado de algún parque, plantado juntos la casa de los pobres en el palacio del rico, recuérdalo, no te fíes de mí, ese día yo te traicionaré. Ese día no me quedaré contigo. Regresaré a tu casucha húmeda y hedionda a rezar por ti ante mi Señor crucificado”. Glosando: puedo acompañarte en la lucha; no en el poder. Quien esto escribió en un momento cumbre de su vida se llamó Lorenzo Carlos Domingo Milani Comparetti, el controvertido cura párroco de un minúsculo pueblito en las montañas toscanas –“tengo 42 años y atiendo a 42 feligreses”, dijo una vez–, para algunos el cura rojo, radicalmente entregado a los más pobres. Muchos nombres y mucho apellido (en Italia la gente común tiene un solo apellido y a lo sumo dos nombres) porque era de alta clase, la del poder. Se salió. Optó por la paz y el amor y entre la paz, el amor y el poder no hay ni la más mínima posibilidad de acuerdo.

¿Qué hemos celebrado en Navidad? ¿El gran poder de Dios? No, precisamente el ningún poder de Dios. Dios el nada-poderoso y nada-glorioso en la tierra. Su gloria está “en las alturas”. Por eso nace entre el estiércol de un establo. Negación del poder y comunicación de la paz. Sin lo primero no podría darse lo segundo. En las palabras de Jesús, esta oposición late siempre en el fondo.

“Los reyes de las naciones las dominan, y los que ejercen el poder se hacen llamar bienhechores. Pero ustedes nada de eso; al contrario, el más grande entre ustedes iguálese al más joven, y el que dirige, al que sirve” (Lc. 22,25). No se conoce sentencia más revolucionaria que ésta, la que, por cierto, ningún “revolucionario” cita porque no entiende revolución sin poder.

Hemos oído estupefactos, en plena novena de aguinaldos, del anuncio gozoso del nacimiento del sin poder, la más enfática proclamación del poder absoluto, lo estructuralmente anticristiano, como necesario para construir entre nosotros una futura –siempre futura– sociedad de felices. Un discurso por todos, estaban todos, aplaudido, que merece meditación, no para asumirlo sino para comprender mejor las firmes ideas, las profundas motivaciones y las ya decididas acciones que, más allá de todas las palabras melosamente encubridoras con las que tratan de traer al propio molino, mezcladas con sucias aguas, las límpidas y cristalinas del mensaje de Cristo, constituyen la verdad del proyecto que se quiere ejecutar: el poder total, concentrado y único sobre todo un pueblo.

No hay manera de separar poder y violencia porque el poder no es sino lograr eficazmente que otro haga, diga, piense, por la acción del poderoso sobre él, lo que no haría, diría, pensaría por sí mismo, libre de esa acción.

El poder-violencia se ha camuflado bajo apariencias de bien, como en las infelices palabras del Libertador, citadas por el discursante: “Si alguna violencia es justa es aquella que se emplea en hacer a los hombres buenos y, por consiguiente, felices; sin fuerza no hay virtud” que se complementan con aquellas del Manifiesto de Cartagena: “hacer por la fuerza libres a los pueblos estúpidos que desconocen el valor de sus derechos”.

Por un tiempo, el violento cotidiano, el malandro, justificaba su violencia con alguna razón. Hoy no lo necesita, pasa de justificaciones. Ejerce el poder y ya.

Mientras haya poder no habrá paz. El mensaje de la paz es el mensaje del antipoder.

Sin embargo, fuera ilusiones; por mucho tiempo la humanidad necesitará, como mal necesario, cierto poder y por ende una paz precaria. Cada año se nos llama a debilitarlo siempre y en todo hasta extinguirlo. Ese sí será entonces el reino de Dios en la tierra, el de la paz.

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