A un amigo dubitante
21 de enero 2013 - 23:31
Me preguntas, después de leer mi último artículo sobre el poder y la paz: “¿en el reino de los cristianos no existe el estado? ¿O no necesariamente estado y poder son consustanciales?”. Así lo escribes y así te lo respeto. Me gusta tu preocupación y te respondo.
Ante todo, hay que decir que “el reino de los cristianos”, como lo nombras, no es el reino de Dios y menos en la tierra. Muchos reinos de cristianos –rey cristianísimo se titulaba el de Francia, rey católico se titula el de España– ha habido en la historia. Y también muchos que han pretendido ser reinos cristianos. De éstos líbrenos Dios si es que nosotros no nos podemos librar. Muchos también han pretendido y pretenden todavía hoy crear el reino de Dios en la tierra –Chávez dixit– desde su grupo, su partido, su revolución, su poder, que, blasfemando, quieren hacer creer que es el verdadero. Sobre unas u otras bases ideológicas, pretensiones y sacralizaciones se han construido inquisiciones, se han ejecutado herejes, se han promovido cruzadas y no sigo porque me faltaría espacio. Una cosa son los proyectos de Dios y otra las realizaciones temporales de esos proyectos que nunca pasarán de pretensiones. El reino de Dios en la tierra está en esta tierra pero no es de esta tierra, aunque te pueda parecer contradictorio.
“La realeza mía no pertenece al mundo este… no es de aquí” (Jn.18,36). “La llegada del reinado de Dios no está sujeta a cálculos, ni podrán decir: míralo aquí o allí; porque, miren, ¡dentro (entós) de ustedes está el reinado de Dios!” (Lc. 17,21). Y en nota el traductor comenta: “hay que optar por él, no es acontecimiento puramente externo”. Ya está, pero en proyecto y proceso personal y comunitario; nunca, ni política, ni social ni económica, ni…, finalmente realizado. Ahora bien, sí es un proyecto de humanidad sin poder, no necesariamente sin estado si a éste le atribuimos como pura función la hermandad y el servicio. Si te parece, podemos incluso hablar de autoridad, al modo de la autoridad del Jesús de Belén y el Jesús de la cruz. A lo largo del proceso de realización del proyecto, nunca terminada en el tiempo, el mal del poder, porque mal y poder sí son consustanciales, estará presente en nuestra historia y en los estados que habremos de padecer, inevitablemente. La cizaña, y el poder es una de sus muchas especies, no se podrá ni se deberá –ojo, esto es muy importante– extirpar. Crecerá con el trigo hasta el fin de los tiempos (Mt. 13,24-30). Por eso el cristiano siempre habrá de estar en la oposición, como Don Milani; no en el partido de oposición, sino en la oposición sin más. Oposición al poder, no al estado, a menos que éste se asuma como poder sobre la sociedad en todo o en parte de lo que a ella se refiere, esto es, se convierta en estado-poder y deje de ser estado-servicio. En este sentido, el cristianismo se plantea como ideal político, nunca realizado y nunca realizable aquí, la supresión del estado cuando fuere de veras innecesario por la propia conversión de la humanidad en hermandad radical. Hacia eso nos llama el mensaje de paz de Jesús pero nos dice con claridad que las ilusiones son muy perniciosas pues con ellas se disfraza el “rey de este mundo” que no es sino el “Malo” poderoso. La historia está ahí de testigo para enseñar que todos los proyectos que se han dicho estar encaminados a la supresión del estado aquí, no han sido sino la apoteosis del poder absoluto y perverso. El mínimo poder necesario, la máxima libertad posible. Es el camino de la democracia, la cual tampoco hay que sacralizar. En Venezuela hoy caminamos al revés. Por eso pedimos: “Padre,… líbranos del Malo” (Mt. 6,13).

