Impulsividad violenta y educación
30 de octubre 2012 - 00:01
Presenté en mi anterior artículo uno de los modos que está adquiriendo la violencia criminal de nuestros días: el asesinato escasamente motivado, repentino, automático, absolutamente arbitrario, sin mediación de tiempo, y el que, siendo igualmente gratuito, está mediado por un breve o largo intervalo temporal. ¿Son realmente dos modalidades distintas o ambas coinciden en el fondo y sólo difieren en la superficie? ¿Qué posibilidades de acción se le ofrecen a una sociedad víctima de sus consecuencias?
Ambos bloques de conductas están relacionados, en cuanto producto, con un componente central del comportamiento humano: el sistema afectivo y, en él, el régimen de los impulsos. No necesitamos recurrir al lenguaje científico para saber lo que es un impulso. Todos tenemos la idea y, sobre todo, la vivencia de ese movimiento emocional espontáneo que surge en nuestro interior sin ninguna previsión y que nos incita a la acción inmediata. Sabemos también distinguir entre el impulso y la conducta impulsiva porque tenemos experiencia de que la incitación a la acción no determina necesariamente la acción misma. Podemos sentir el impulso y, sin embargo, no actuarlo. Entre las repentinas incitaciones, quizás las más apremiantes sean las que nos empujan a la violencia. Todo un aprendizaje desde la infancia preserva a la mayoría de efectuarlas. La actuación del impulso violento es característico del psicópata criminal. Quizás la mejor definición de la personalidad psicopática sea la de la APA (American Psychological Association): “Una persona cuya conducta es predominantemente amoral y antisocial que se caracteriza por sus acciones impulsivas e irresponsables, encaminadas a satisfacer sus intereses inmediatos y narcisistas, sin importar las consecuencias sociales, sin demostrar ni culpa ni ansiedad”. Se trata, pues, de una personalidad, esto es, de una manera de ser persona; no de una línea de conducta nada más, sino de toda una estructura difícilmente modificable por la que ese ser humano es el que es. A la estructura los filósofos clásicos la llamaron forma, palabra de la que se deduce el transitivo formar, el reflexivo formarse y el sustantivo formación. El impulsivo violento es una forma de existir en la vida, una forma-de-vida, una hechura del vivir, de la que su conducta violenta emana como normal. Una forma-de-vida es el resultado de un proceso de formación que se inicia en los primeros momentos de la existencia. Al medio por el cual se produce la formación lo llamamos educación.
Las personas “sanas” se han formado para el control racional y emocional de los impulsos; los delincuentes violentos para la actuación desinhibida de los mismos. ¿Quién forma? En primer lugar la familia, el ambiente humano inmediato y la sociedad; en segundo lugar la escuela y la educación formal, pero éstas llegan tarde para modificar lo ya formado y el proceso ya desencadenado. La actuación criminal de los así formados presenta dos modalidades, la inmediata y la demorada. Esta última, mediada por el tiempo, no significa dominio del impulso sino control de su ejecución. El asesino se toma su tiempo para ejecutar el impulso lo que le permite planificar y actuar con eficiencia. En ambos casos la formación de fondo es la misma; en el segundo la maldad y peligrosidad son mucho mayores. Ha tiempo que se ha venido formando un pensamiento y una afectividad social proclive a tolerar y hasta fomentar la impulsividad confundiendo espontaneidad con autenticidad. En ese clima se hallan las familias, los educadores y hasta los gobiernos de toda tendencia.
¿Podremos vivir en una sociedad de impulsivos sin control?

