Aumentará
5 de febrero 2013 - 00:01
¿Será desanimar y deprimir a mis lectores si presento descarnadamente los hechos y reflexiono sobre ellos en estas líneas?
Cuando hoy escribo, han pasado ya los veinte primeros días del año 2013. En tan corto tiempo han sucedido tantos hechos de violencia asesina y de tanta crueldad como para llenarnos a todos de espanto. El 2012 se cerró con 21.692 homicidios en todo el país. Veníamos de 17.600 en el año 2010 y 19.459 en el 2011, para limitarnos a los tiempos más cercanos. Un simple cálculo aritmético nos dice que entre las cifras del 2010 y 2011 se dio un aumento de 1.859 asesinatos y el mismo fue de 2.233 entre las de 2011 y 2012.
Un incremento de 374 entre ambos montos. Casi un 20%. La tasa de homicidios en el mismo tiempo creció así: 57, 67, 73. Progresamos. ¿Hay razones para pensar que el crimen se detendrá ahí? Evidentemente, no. Aumentará. ¿Otro 20% durante este año? ¿O más? ¡Más! El año más violento de la historia todavía no ha llegado. Qué bueno sería equivocarnos. No es previsible ese deseado error.
Si el progreso cuantitativo que parece imparable de esta violencia indudablemente nos asusta, no menos temible es el tipo, el tono, el estilo cualitativo que está presentando la diversificación de sus formas, de la crueldad con que se practica, de los rasgos de anomia, atrevimiento y brutal indiferencia ética que exhiben las personalidades de los nuevos violentos.
Un muchacho mata a su madrastra a batazos, un hombre asesina a otro premeditadamente porque la perra de éste lo lamió, dos personas son muertas por haber denunciado siendo voceros oficiales y pensando estar protegidos por la autoridad, un joven lleva al hospital al hermano de un hampón que lo había tiroteado y por eso precisamente el delincuente lo asesina, en el 23 de Enero de Caracas aparece una especie de extraño grupo de exterminio que comete tres asesinatos en una noche y a tiros bloquea la acción de la autoridad, la muerte entra al liceo. Y hay más.
Por lo menos dos crueles linchamientos ha reseñado la prensa, uno aparentemente justificado porque la víctima a su vez había victimizado a su pareja golpeándola. Una turba, no toda una comunidad, asumió que tenía derecho a tomarse la justicia por sus manos y la ejecutó. Pero la noticia nos informa de otro caso de linchamiento aún más grave porque a la arbitrariedad añade la ruptura de todo orden. Una comisión policial intenta detener a unos delincuentes.
Una poblada, en una situación bastante confusa, se pone de parte de los malandros y a uno de los agentes que logra atrapar lo asesina con golpes, palos y piedras. Tratan de justificar la acción diciendo que “la policía llegó disparando”, cosa por demás probable pero en absoluto razón que justifica.
Hay que tener muy poca confianza en las instituciones del Estado, lo que viene a ser la experiencia de eso que llaman impunidad, mucha excitación emocional compartida y mucha desvalorización de la persona del otro para que alguien masacre a golpes en grupo a un cristiano. En el linchamiento más que el hecho mismo asusta la actitud porque señala lo peligroso que puede ser un revoltijo de gente cuando siente justificada su violencia. ¿Y si cunde el ejemplo de lo que pudiera ser percibido como la única forma de hacer justicia? No cerremos los ojos; eso es lo que se le ocurre a cualquier grupo humano enfrentado al caso límite de verse impotente e indefenso. Una chispa puede poner la ocurrencia en marcha.
¿Hay esperanza? No se atisba en el actual horizonte político. Planes y planes; palabras y palabras; evasión y evasión. No más. Sin un cambio radical en la política de Estado, no simplemente de gobierno, la muerte nos acecha y no avisa.

