• Caracas (Venezuela)

Alejandro Lomuto

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EE UU: ¿la última oportunidad para Venezuela?

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Venezuela y Estados Unidos mantienen desde el advenimiento del chavismo una relación curiosa y, en varios aspectos claves, muy diferente de la que aparentan. Hay varios motivos, en general los más visibles, para creer que son enemigos irreconciliables. Hay otros, que suelen ser menos advertidos, para sospechar que no lo son, o no tanto, aunque tal vez les convenga que lo parezcan. Ahora, la mano de ese supuesto adversario acérrimo puede resultar la última oportunidad para evitar en el país caribeño un estallido social que parece cada vez más inexorable.

La aparente enemistad empezó a cocinarse con el discurso antiimperialista de Hugo Chávez y fue profundizándose con el tiempo. Este proceso reconoce algunos hitos: el apresurado reconocimiento de Washington al fugaz gobierno surgido del patético golpe de Estado de 2002; la Cumbre de las Américas en Mar del Plata, en 2005, cuando el teniente coronel sepultó la iniciativa norteamericana de un área de libre comercio para todo el continente con su célebre: “ALCA, ALCA, al carajo”; la expulsión recíproca de los embajadores en 2010; las reiteradas denuncias de presuntas conspiraciones para derrocarlo (y también de haberle inoculado el cáncer a Chávez) hechas a partir de 2013 por Nicolás Maduro; la declaración de Venezuela como amenaza para la seguridad estadounidense decretada por Barack Obama, y la captura en Haití y la prisión y el juicio en Nueva York de dos sobrinos de la esposa de Maduro acusados de narcotráfico, los dos últimos episodios en 2015.

Paralelamente, Estados Unidos sigue siendo de algún modo uno de los principales socios –y, al menos en términos relativos, cada vez importante– del negocio petrolero de Venezuela, que represetna por lejos el mayor ingreso de este país. El Estado venezolano es dueño de Citgo, una de las más grandes procesadoras de petróleo de Estados Unidos, con 3 refinerías y unas 50 plantas de almacenamiento y distribución y 6.000 estaciones de servicio. Compró la primera mitad en 1986, bajo la presidencia del socialdemócrata Jaime Lusinchi, y la segunda en 1990, durante la segunda administración del también adeco Carlos Andrés Pérez. Ni el chavismo ni los sucesivos gobiernos norteamericanos de la época (Bill Clinton, George W. Bush, Obama) afectaron ese negocio. Citgo refina cada vez menos petróleo venezolano y más estadounidense –hace más de cinco años que Venezuela dejó de estar entre los diez principales extractores y exportadores de crudo, pese a tener la mayor cantidad de reservas probadas del mundo, y Estados Unidos está a punto de convertirse en el primer productor, si es que no alcanzó ya esa posición– pero al menos sigue facturando, cobrando y remitiendo utilidades en condiciones de mercado.

Asimismo, en los últimos años, cada vez que la Casa Blanca asestó un golpe diplomático visible a Miraflores, inmediatamente le palmeó la espalda de un modo un poco más discreto. Un mes después de su furibundo decreto –que, aunque incluyó también sanciones económicas y migratorias para siete funcionarios venezolanos y fue prorrogado este año, no tuvo consecuencias prácticas–, Obama conversó informalmente con Maduro en la Cumbre de las Américas en Panamá y mandó a Thomas Shannon a que se reuniera con Maduro en Caracas y con la canciller Delcy Rodríguez y el capitán Diosdado Cabello en Puerto Príncipe. De esas charlas surgió la posibilidad de reponer los embajadores, pero allí quedó todo. Más tarde, capturó a los sobrinos de la primera dama venezolana pero nunca confirmó ni desmintió la recurrente versión de prensa según la cual investiga por narcotráfico y lavado de activos al mismísimo Cabello.

La semana pasada, durante la Asamblea General de la OEA en Santo Domingo, el secretario de Estado, John Kerry, reclamó enérgicamente la realización inmediata del referéndum revocatorio del mandato de Maduro y la liberación de los presos políticos. Apenas Delcy Rodríguez había esbozado la respuesta de rigor, Kerry se reunió a solas con ella y de allí surgió una iniciativa de “diálogo inmediato” entre los dos gobiernos, que Maduro se apresuró a aceptar. Otra vez el hombre clave será Shannon. Mientras tanto, Washington no desmintió que esté detrás, o al menos que las vea con beneplácito, de las gestiones que un grupo de ex presidentes amigos del chavismo (el español José Luis Rodríguez Zapatero, el dominicano Leonel Fernández y el panameño Martín Torrijos) está llevando adelante en procura de instalar una negociación entre el oficialismo y la oposición venezolanos.

Es este un momento especial. La situación política, institucional, económica y social en Venezuela parece a punto de estallar. El gobierno está maniobrando para impedir que el revocatorio se haga este año (si se hace antes del 10 de enero de 2017 y Maduro es revocado, hay que llamar inmediatamente a elecciones; en cambio, si es destituido después de esa fecha, el chavismo seguirá de todos modos en el gobierno hasta 2019) y viene neutralizando la mayoría opositora en el Parlamento a través del Tribunal Supremo de Justicia, que declaró inconstitucionales las principales leyes y resoluciones del Legislativo. Mientras, aumentan exponencialmente la inflación y el desabastecimiento de alimentos y medicinas, y hasta una encuestadora afín al chavismo, como Hinterlaces, admitió que más de 60% de los venezolanos culpa al gobierno de la situación y quiere que el revocatorio se realice este año y Maduro deje el cargo.

En ese contexto, los países y los organismos de la región, que, salvo contadas excepciones, tan indulgentes fueron todos estos años con el chavismo, se despertaron de repente y manifiestan preocupación por Venezuela, pero no logran ponerse de acuerdo en el curso de acción.

Ante este panorama y con la urgencia de la situación, tal vez Estados Unidos sea capaz de aglutinar voluntades y estrategias, y ayudar a que la crisis de Venezuela desemboque en una solución constitucional y pacífica, y no en un estallido que parece cada vez más cercano y que, si se produjera, probablemente deje al Caracazo de 1989 a la altura de una anécdota. Es el Estados Unidos de Obama, el mismo que durante varios años tomó distancia de América Latina y se abstuvo de intervenir agresivamente en la región, y que tiene ahora la autoridad moral que le da el histórico descongelamiento de la relación con Cuba y el discreto apoyo a la paz que el gobierno de Colombia está a punto de acordar definitivamente con las FARC.