• Caracas (Venezuela)

Alberto Soria

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Alberto Soria

El proveedor sin cara

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En el pasado, la sospecha era hija de la intuición. El comensal sabía que había que cuidarse de las croquetas ajenas, de la ensalada rusa cuya vida se prolongaba a golpe de frío y mayonesa, y de los mariscos que amanecían después de lunes o feriados.

I    
Después de la Segunda Guerra Mundial, las alertas en la mesa descansaron en las etiquetas. Los norteamericanos se hicieron famosos por hacerlas tan completas, que uno necesitaba un doctorado en nutrición y biología para descifrarlas.

Las etiquetas son hoy tan útiles como las señales de tráfico: sirven según el país donde uno ande.

En Europa la industria de alimentos, los suplidores de forrajes y los productores de comida cotidiana intercambian exámenes de laboratorios, informes químicos y facturas de origen para descargar ante jueces enojados posibles culpas en espaldas que no sean las suyas.

Pollos engordados a la carrera, químicos en exceso para preservar y hacer la cocina o el almuerzo más rápido y ligero, no dejan de provocar escándalo en Europa, donde el engaño o fraude alimentario se persigue.

Los expertos en observar el mundo de la alimentación sostienen que difícilmente aparecerán culpables. Porque el corporativismo, el regionalismo, y al final un nacionalismo –más cercano al del fútbol que a la pasión por la justicia– protege a los suyos.
“Aunque alguien haya cometido una falta u error, nadie desea ver manchada su bandera”, explican los enterados.

II
Así, de pronto, la modernidad ha despertado a la convicción de que hoy ya no conoce quiénes sirven su mesa o los desayunos.

El lechero no tiene rostro. Tampoco se sabe cómo se llama el carnicero. Ni de dónde vienen los tomates y hortalizas que esa noche consumirá la familia.

La alimentación cotidiana la elaboran decenas de miles consorcios, sociedades anónimas serias y de las otras, a cientos o miles de kilómetros. Las amas de casa y el comensal solitario ya no dialogan con proveedores de su entorno, sino con etiquetas.

La alimentación se ha despersonalizado. Por eso, de vez en cuando, uno mira la etiqueta, no reconoce a nadie, y no sabe en quién confiar.