• Caracas (Venezuela)

Alberto Soria

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El plato no olvida

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Suele existir un atributo en el plato del ciudadano que el poder no tiene en cuenta. Tiene memoria. No olvida, sino cuando quiere.

En los amaneceres, el mediodía y la cena, el plato no necesita la televisión ni el noticiero de radio para tomarle el pulso al presente y al mañana. Por no comprender el razonamiento del plato, en algunos países del mundo el poder recurre al absurdo.

Cuentan mis colegas en el extranjero que en los laboratorios del poder inventan ante el plato vacío slogans “geniales” como éste: “Pero tenemos patria”.

En La Sorbona o las escuelas de Economía de Harvard o Chicago miden el potencial de los aspirantes a ingresar a cursos cortos con una pregunta envenenada: “Diga usted cómo se hace para que en 24 horas un alimento como el huevo de gallina se convierta en caviar. Cite un ejemplo”.

I

De acuerdo con los especialistas en alimentación, existe un diálogo especial entre el plato y el comensal, porque sea éste de cerámica o plástico, entiende de historia. En la Alta Edad Media –sostienen estudiosos de renombre– “existía una civilización de la leche y la mantequilla”.

Con las salvedades que el profesor de la Sorbona Edouard Perroy señala sobre las dificultades de dividir la historia de la civilización en fragmentos precisos, se admite que eso de la leche y la mantequilla ya existía antes del año mil. ¿Cómo es posible volver esos dos alimentos milenarios en escasos o inexistentes en una nación en el siglo XXI? “Pero tenemos patria” es una explicación que al plato se le atraganta.

Por tanto, lo que al plato hoy no llega no puede etiquetarse siquiera como un “regreso” a la Edad Media. Porque ya en ese período de la historia de las civilizaciones, sobre los alimentos citados o sobre otros prestigiosos y populares como caraotas, garbanzos y lentejas, ya existía conocimiento y memoria.

II

La incapacidad del poder para producir alimentos no es inusual sino frecuente, sostienen los historiadores. Existen relatos precisos desde comienzos del siglo pasado –aseguran- sobre cómo una ideología lo logra. O cómo sin ideología, se puede inaugurar cuatro veces la misma planta de salsa de tomate, sin producir una sola lata que permita enriquecer un plato de pasta.

Desde las cátedras cotidianas del sentido común se afirma que además de memoria, la mesa es el germen de un fenómeno emocional etiquetado como “esperanza”. Eso funciona como en la agricultura – explicaba el profesor Perroy: Hay tiempos de siembra, y de cosecha.