• Caracas (Venezuela)

Alberto Soria

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Alberto Soria

El lujo es la silueta

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A Cupido le arruinaron el negocio. Durante más de un siglo repartió flechazos con bombones, descorches e invitaciones a cenar. Pero ahora tener hambre y salirse de la dieta es muy mal visto. Aparentemente, se es más si se come menos.
 
Y este nuevo código social en el XXI produce más rupturas y divorcios que garota de Ipanema sambando frente al palco de turistas cincuentones trasnochados después del Mundial de Fútbol.

I

“Se puede aprender a ser feliz. Pero hay que practicar”, dijo el gurú. Cuando le salió la frase luminosa, estaba despachando una chuleta con pimientos rojos. No era cualquier chuleta. Se la había preparado el equipo del chef Luis Andoni Anduriz.

El gurú es Martin Seligman (profesor de la Universidad de Pensilvania), impulsor de la psicología positivista. Enseña a ser feliz. Le pagan por eso. Se le oye con cierto respeto en algunos círculos académicos. En contrapartida, es visto con ojeriza en los sitios donde se paga para no comer y tener la figura correcta.

En la otra acera de las tendencias de la modernidad, están los psicólogos que advierten que, por el plato, ahora se separan las parejas. Y también que, por el plato, se establecen nuevas relaciones y jerarquías en los estilos de vida.
En los congresos de psicología, donde cocina y vinos no fueron nunca las estrellas, en la actualidad hay un cambio hacia lo gourmet razonado, pulido, promocionado y con demanda. Pasa lo mismo en los encuentros de sociología, en los de motivación y los de coaching. Es una nueva tendencia en el mundo. Los únicos que parece que no se han dado cuenta de esto son los políticos, y los economistas. Con las excepciones, que usted conoce, claro.

En la avenida Madison, sitio desde  donde se estudian las motivaciones del consumidor, las marcas y las tendencias, han llegado a una conclusión que –hasta hace poco– parecía increíble: “El hambre autoimpuesto, es la nueva medida de la división por clases”.

Nuestras dietas hablan más de la clase social a la que pertenecemos que nuestra indumentaria o el carro que conducimos, dicen los expertos.

II     
¿Es esto así, tan evidente?, le pregunto a P. Giraud, especialista en lujos. “No tanto”, responde. “Por la apariencia, cada vez es más difícil, diferenciar quién es quién”, asegura. Resulta que ante el lujo –el original y el otro– las siluetas son iguales.