• Caracas (Venezuela)

Alberto Soria

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Los tres golpes

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Pasó de moda. En la vida de los urbanitas ya no hay tres golpes. Servían para restaurar fuerza y el ánimo. Para partir la jornada, para compartir mesa y sobremesa con esa unidad social llamada familia y amigos.

A medida que avanza el siglo, eso de los tres golpes para compartir y para restaurar se desdibuja hasta convertirse en pasado cercano.

 

I

En el siglo XXI, las sociedades reescriben las formas, las horas y los ritos del comer. No solo el cuándo y cómo se come, sino también lo que se considera sabroso y adecuado.

La noción de satisfacción ha cambiado. La nutrición se desespera: mientras más investiga, descubre y sabe, menos caso se le hace. El prestigio social del nutricionista ha sido opacado, sustituido por el horóscopo. Importa más si Marte va rumbo a la casa de Venus que el valor y cultura de un plato de lentejas.

Las alertas se disparan cuando Mercurio entra en retrógrado y no cuando se conocen detalles de los efectos perniciosos de la exitosa comida que no se cocina, sino que se fabrica, produce en serie, en gigantescas usinas industriales. Y que después se venden en lustrosas, llamativas, bolsitas de papel de aluminio en colores.

Así, el gusto en el siglo XXI va cambiando, volviéndose uniforme, planetario, más dependiente de los laboratorios y pipetas, que de la siembra y la agricultura.

En el país bendecido por un cacao excepcional, los escolares, liceístas y universitarios no beben chocolate en sus cantinas.

Así también han cambiado los tres antiguos golpes. Ahora pueden ser uno o dos. Tiene más popularidad y demanda una hoja de lechuga que un guiso. Un kiwi que un mango. Y así nos va.

 

II

Las nuevas generaciones conocen más a los cocineros de televisión y show que las tablas diarias que la ciencia y la experiencia han confirmado rigen la nutrición y la vida saludable.

Mirando hacia el futuro, los tres golpes pueden no ser tres momentos en el día para encontrar gozo, identidad, felicidad, sino tres tabletas. Que eliminarán el riego de interrumpir la jornada en algo tan latino como sentarse a la mesa y comer con cubiertos.

Si duda, observe los documentales y películas sobre cómo se alimentan en los campus de la informática.