• Caracas (Venezuela)

Alberto Soria

Al instante

Alberto Soria

Como el corcho

autro image
  • Tweet:

  • Facebook Like:

  • Addthis Share:

El antojo es como el corcho: jamás se hunde. Pero a diferencia de este, tiene memoria.

El antojo tiene más que ver con el deseo y las ganas, que con el lujo. El antojo se saborea, se muerde, paladea. Para sorpresa de los científicos investigadores del tema, banqueros, filósofos y políticos, se ubica entre pecho y espalda. Vive en el cerebro.

Los memoriosos de la tercera edad recuerdan el dólar a 4,30 y tienen marcas, sabores, envases, eslóganes vivos en la memoria. Hoy también eso pasa con los jóvenes. Que si alguna cosa tienen en este siglo, antojos son.

 

I

Sostenía el profesor Huteau, en su cátedra de la Sorbona, que los gobiernos entienden mal el tema del lujo. Lo confunden con una botella, con algo entre dos panes, cristales en la mesa, manteles. Un cumpleaños. Las fiestas de fin de año. Un obsequio al abuelo o a la mamá.

Decía Huteau que el lujo estaba “en otras partes”. Especialmente en eso que se llama Estado. “Este año por ejemplo –recordaba– no tenemos tizas de colores, los libros de texto cuestan más, los autores extranjeros ya por caros no se pueden leer, pero vendemos aviones de guerra y traficamos con misiles. Un cuaderno es un lujo, y un comedor universitario un gasto”.

Hay lujos pasajeros, y lujos que superan la inconsistencia de lo efímero. Antojo por estudiar, comer, sentarse a la mesa con la familia o con amigos no es lujo, es deseo con memoria.

Su amigo, y a veces compañero de cátedra, Raymond Aron recordaba sus vigiladas visitas a Berlín, cuando existía el Muro (falleció seis años antes): “Con algunos profesores nos parábamos al atardecer en una pequeña plazoleta de la socialista República Democrática Alemana y mirábamos las luces del Berlín oeste. Para los oprimidos en la Democrática –razonaba Aron– la iluminación era un lujo”.

 

II

Según Huteau, cuando la ineficiencia nos envuelve, la instantaneidad nos sacude y las urgencias nos agobian, uno quiere agarrar, tener, tocar, usar o beber algo de eso que en el pasado reciente era cotidiano y citadino derecho de libertad urbano. Ahora algunos llaman a eso “lujo” y lo quieren hacer desaparecer a golpes de impuestos.

Pero como el maestro de la sociología del siglo XX lo recalcaba, y su amigo tratando de hundir con un dedo el corcho de un vino en un bistrot de los alrededores de la Plaza de la Bolsa de París lo recuerda, el antojo no se hunde. Siempre emerge.