• Caracas (Venezuela)

Alberto Soria

Al instante

La cocina y el cielo

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La noción de que la cocina moderna es un infierno la vendió la televisión. Así pudo construir héroes y villanos en un formato diferente de telenovela.

Lo repite todos los días. A toda hora. En todos los países. El público se lo cree. Cree que lo que está viendo es un documental, no un montaje.

Allí, los cocineros (salvo la estrella principal) son irresponsables, improvisados, sin gusto, vocación ni criterio. Ponga en el reparto a latinos, y de gran jefe a este chico Trump. Así, además de angustia y drama, tendrá además circo.

I                                 

La cocina de siempre son afanes. Preocupaciones, ganas, necesidades y también caricias.

La cocina banal para la televisión ha convertido un rito cotidiano de cientos de millones de personas en algo que ya aburre. No fue siempre así.

En el pasado cercano, quienes iban a la televisión a enseñar a cocinar, iban a eso. No a convertirse en estrellas de rock recordados por sus extravagancias.

En esa cocina no había tiempo ni intención de frivolidad. Se buscaba satisfacer y emocionar con una habilidad sin la cual la sociedad urbana vive mal. Se perseguía convencer al espectador de que cocinar para los demás, era algo posible: capacidad artesana convertida en oficio, no pantalla ni fuegos de artificio. Los profesionales, fabricantes de sonrisas en la mesa, eso son. Las mamás, abuelas y doñitas, eso son.

Este chico Trump debería leer el libro de Anthony Bourdain en su primera época (Confesiones de un Chef) cuando era cocinero y no estrella, para advertir el valor de las brigadas blancas centroamericanas que trabajan en la cocina norteamericana.

La noción de que si no tienes mal genio y no tratas a patadas a tus ayudantes no eres gran chef, es tan cierta para la televisión como aquella que muestra cómo si eres gran gánster, oyes ópera.

II

La cocina forma parte de la cultura de los pueblos. En ella, los peores cocineros son los de foto-pose y eso que los sociólogos llaman “la gente del poder”. Ministros incapaces de hacer desayunos sanos para sus hijos, o de entender que si se cultivaran en el país, los granos dejarían de costar su precio en oro y se convertirían en lo que siempre fueron: alegría, identidad, ganas.

Cuando la historia de la cocina contemporánea se reescriba –cosa que indefectiblemente ocurrirá– volveremos a vivir más cerca del plato sabroso pero único, que del menú-degustación.