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Alberto Soria

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Rebelión (II) en la granja

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Tenía una imaginación irónica gigantesca. Pero se quedó corto. George Orwell (Rebelión en la granja I) nunca imaginó que en una ciudad de cemento, donde los peatones no pueden caminar ni los carros tienen dónde estacionar, crezcan lechugas ideológicas.

 

I

Como todo agricultor enterado sabe, al señor Marx lo del agro no se le daba. Lo que estudió en su escritorio en Londres fue la Revolución Industrial, el proletariado, la vida en las ciudades y cómo hacer capital sin capitalistas.

Cuando a comienzos del siglo XX sus teorías fueron aplicadas a una sociedad campesina, los líderes del proceso encontraron eslóganes mágicos que millones de personas cantaban con gran entusiasmo mientras trabajaban de sol a sol en granjas del Estado: “Pan y patria” fue el primero, en 1917. El segundo, “Líder amigo, el pueblo está contigo”. Fue creado en 1928 cuando llegó Stalin para interpretar unas pocas lecturas de Marx, de las muchas que a su vez había hecho Vladimir Ilich.

Las teorías sobre cómo producir alimentos, acabar con los industriales y volver a los orígenes, es decir, a la tierra, produjo éxitos sensacionales. Los maestros ideológicos del cultivo en el huerto enseñaron al mundo, entre 1917 y 1945, cómo producir repollos, papas y granos. (En aquella época la lechuga era una debilidad burguesa).

Desde 1945 a 1989, Polonia, los pueblos del Báltico, los del Mar Negro, la República Checa y la República Eslovaca, Hungría, Rumania, Yugoslavia, Albania, Bulgaria y la República Democrática Alemana recibieron con los brazos abiertos a los facilitadores del proceso, a quienes desde Moscú dirigían los cerebros centralizados del ministerio mundial de planificación alimentaria.

En 1989, todos los países europeos, donde la papa no era de nadie sino de todos, se cansaron de comer repollo y pimentón. Algunos países no traicionaron completamente la revolución dialéctica del huerto: Hungría, por ejemplo, se quedó con el pimentón. Alemania se apropió de la papa y el repollo.

La televisión (no el hambre, no el hastío) indujo a las hijas de las fornidas matronas rusas, rumanas y polacas a caer en la tentación contrarrevolucionaria de lechuga-pepino-kiwi, característica de las féminas en las sociedades opulentas. Se produjo así de pronto, en la historia de la alimentación, una ruptura que hasta hoy dura entre quien planifica el antojo ajeno y quien siembra y cosecha.

 

II

Como Orwell lo adelantó en 1945 en La rebelión en la granja, más temprano que tarde pasará que –así como la harina Pan no alcanza– la lechuga será declarada hortaliza exótica innecesaria.

Cuando eso ocurra, alguien susurrará en la oficina de planificación de las desigualdades del proceso aquello que el escritor británico explicaba: En la granja, “si bien todos somos iguales, hay algunos que son más iguales que los otros”.