• Caracas (Venezuela)

Alberto Soria

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Alberto Soria

Las cacerolas tienen hambre

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Las cacerolas, que como tambor están funcionando aquí como nunca antes, se preguntan qué cocinarán mañana, pasado, el domingo.

Tienen hambre. Lo del tambor les gusta. Hasta quienes no saben cocinar las buscan. Y esa notoriedad, ajena a su función, por un rato les encanta. Pelean con sartenes por salir en CNN.

Cuando, fatigadas y golpeadas, regresan a la cocina, vuelven al dilema de ayer, de hace 100 días.

I Hay muchas formas de contar los tiempos que se viven. A uno le gusta hacerlo desde la cocina.

Si las cacerolas pudieran hablar ­piensa uno­ cuántas cosas nos dirían. Como tienen memoria, sus relatos de qué, cuándo y para cuántos cocinaron son retratos magistrales sobre cómo los gobernantes trabajan a favor o en contra de sus gobernados.

Una cacerola contando cómo y con qué trabajaba hace 120 días, el año pasado, hace 15 años, puede describir portentosos retratos de cada época.

Ilustran mucho más al auditorio, y son más entretenidas (con el perdón de los amigos economistas y de quienes usurpan la función) que los relatos sobre cómo se mueve el producto interno bruto. Aparecen los economistas en la televisión (el brillante y el penúltimo de la clase) y explican el hambre, la sed y el futuro con los números del PIB. En las universidades parece que enseñan que "el PIB es un indicador del bienestar en un período determinado". El televidente se voltea, mira a la doñita, después a la cacerola y les pregunta: ¿Entendieron algo? Las cacerolas, que saben cuándo preparaban sancochos, grandes caldos, pucheros y estofados para muchos, ilustran la felicidad y la estrechez mejor que los politólogos y especialistas en encuestas.

Las cacerolas, como el hambre, viajan. Tienen amigas, comadres que les echan cuentos. "Déjame que te cuente cómo es el caldo en el mar de la felicidad", dice una, y las más enteradas se persignan.

II "Exactamente como el lenguaje, la cocina implica y expresa la cultura de quien la practica, es depositaria de su identidad", enseña el profesor Massimo Montanari. Y ahonda: "Constituye, por lo tanto, un extraordinario vehículo de autorrepresentación y de comunicación". Eso es lo que hago ahora, dice la cacerola.

Si Ray Bradbury (el autor de Fahrenheit 451 película en la que los bomberos, en lugar de apagar incendios, quemaban libros) viviera, ¿qué haría con las cacerolas? No diga más, pide la más grande. "Nos confiscarían", murmura con temor. Puede que tenga razón.