• Caracas (Venezuela)

Alberto Soria

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Alberto Soria

Usted no se preocupe

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Seguramente no está en la lista. Ahora, si después de leer esto salió corriendo a revisar sus tesoros en su cava privada, quizás sí. Pero si no habla y chapea, nadie se entera. Uno entiende que el problema está allí. La tensión puede romperle el corazón. Porque ese vino se compró para exhibirlo, no para ocultarlo.

Nuestros queridos del sureste asiático lo han hecho simple. Para las mujeres. Pueden andar con carteras, zapatos, relojes, bluyines que son falsos, chapeando como si fuesen verdaderos. Todas las envidian. A nadie le parece mal. Es más, ansiosas le preguntan dónde lo consiguió. Porque también ellas lo quieren.

En Asia-Pacífico decidieron extender el negocio del chapeo del lujo al vino. De altura, claro. Les va fantástico. El único problema es que en algún momento, como son tan caros, algunos deciden subastarlo o descorcharlo posando para el flash. Entonces aparecen los nuevos detectives del lujo y el descorche. Y tras ellos, las demandas y los escándalos.

I

Los detectives del vino, hasta hoy, son pocos. Vienen de la rama de coleccionistas y anticuarios, no de la policía. Michael Egan, británico, es uno de ellos. Su trabajo ayudó a la condena del indonesio Rudy Kurniwan (10 años de cárcel por vender en millones de dólares un centenar de “grandes añadas”).

Sin probar el vino, el detective le dijo al juez que la botella era falsa. Lo dedujo por la marca de agua en la etiqueta de una rarísima y costosa 1929 Roumier Bonnes-Mares. La impresora electrónica usada por el falsificador antes de 1983 no existía, razonó.

¿Caen solo los incautos? Parece que no. El para algunos aclamado crítico estadounidense Robert Parker dio por buena una botella magnum de Petrus 1921. No solo dijo que era buena, sino que le dio puntaje perfecto: 100 sobre 100. Es falsa, sostuvo Egan. ¿Probó usted el vino? No, respondió. Sólo probé que en 1921 Petrus no embotellaba esas botellas grandotas.

II

Después, dejó caer el bombazo: hay miles y miles de botellas falsas circulando. El negocio de estafar con el vino presumido es enorme. Se lo explicó en forma sencilla al juez: a la tecnología tienen acceso los buenos y los otros. “Es como un carrera armamentista”. Pero si usted no anda comprando botellas para chapear, no se preocupe.