• Caracas (Venezuela)

Alberto Soria

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Alberto Soria

El otro Don

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Cuando Salvo Montalbano se sienta a la mesa, come lo que Andrea Camilleri sabe y quiere.

Todo siciliano, con fundamento.

Esa cocina regional se basta y sobra para satisfacer el apetito del comisario ficticio y del más leído escritor italiano.

En la televisión, cuando Tony Soprano se sentó a la mesa, comenzó haciendo que comía lo que el David Chase, el guionista, mandaba.

Pero al tercer episodio los espectadores de la serie y los guionistas comenzaron a pelear. Los Soprano iban de la pasta a la pizza y el sandwich muy rápido con demasiada frecuencia. En la serie había mucha nevera. Entonces incorporaron a un chef italiano como personaje secundario. Ese, por lo menos, hablaba con propiedad de los estilos de la pasta artesanal, de gloriosos platos étnicos, el punto de cocción y los secretos de las salsas.

La semana pasada se fue inesperadamente Gandolfini (a quien ya nadie llamaba James sino Tony). El actor y su personaje estaban marcados por un exceso no-étnico: según The New York Post, en su última cena antes del infarto, comió una gran cantidad de foie gras y langostinos fritos a los que untó mayonesa y salsa picante. No bebió vino sino "ron, piña colada y cerveza".

La televisión ­que parece saber sobre mafiosos menos que el cine­ dijo que perdió una "bestia teatral". Lo llora. Los seguidores de Los Soprano también. Ni en sueños Camilleri habría imaginado que el corazón del capo de ficción se detendría temprano en Roma después de un foie gras.


I Gandolfini representaba a un duro de mirada triste, que tenía psiquiatra y comía de todo cuando estaba deprimido, y cuando no, también. Nunca el guionista Chase lo puso a degustar ni a comentar un vino. Clint Eastwood ­la otra cara del duro norteamericano­ come hamburguesas, bebe cerveza a pico de botella y whisky bourbon puro, sin hielo, en vaso corto.

Eastwood está siempre corriendo o boxeando. Tony iba más al psiquiatra que al gimnasio.

II Ni Tony Soprano ni Chase parecían haber leído La Mafia se sienta a la mesa de Kermoal y Bartolomei (Tusquets Editores).

Es un libro brillante que relata cómo los capos preparan los menús de sus ágapes con el mismo cuidado y esmero que sus crímenes. Porque eso ­y no una versión edulcorada­ son sus vidas, sus historias.

En muchas sociedades, la comida constituye una liturgia, un ritual en el que cada detalle está perfectamente planeado. En Los Soprano, no. Tony era otro Don.