• Caracas (Venezuela)

Alberto Soria

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Color de rosa

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El vino rosado está regresando. Lo hace con fuerza. “No regresa, porque no es el mismo, sino otro”, explican enólogos reputados.

En Francia, primera potencia mundial en producción de rosados, aseguran que ellos –hoy y ayer– son referencia mundial de calidad. El Nuevo Mundo no lo acepta. Pide espacio. Sus estilos y botellas han sacudido la tradición y los consumidores.

Como en casi todo hoy, la moda influye. Avanza a velocidad vertiginosa para el vino. Que nunca corrió, sino que iba paso a paso. Se necesitan por lo menos tres años entre plantar las vides y alcanzar la primera cosecha. “Esto es agricultura y no Prêt-à-porter” (listo para llevar) sostienen desde las trincheras del rosado. Tienen media razón. Media, porque el nuevo vino se hace con las uvas de siempre, con las que ya están.

 

I

El ascenso del rosado nunca lo imaginó Pierre Pérignon. El monje benedictino que pasó a la historia como Dom hacía el suyo en la abadía mezclando vinos de diferentes añadas. Pero a pesar de usar uvas rojas y blancas, la mezcla siempre daba blanco. Porque en la región de Champagne se tiene la costumbre del contacto corto, rápido, de la piel de la uva con el jugo.

Cuando el champagne francés dejó de ser solo vino para convertirse en lujo, descubrió el valor de mercado del rosado.

Lo explotó triunfalmente hasta convertir el rosado en el estilo dentro de lo costoso, más caro. Técnicamente, porque se basa en la Pinot Noir, la más costosa y prestigiosa uva roja de Borgoña. Comercialmente, porque para la moda y el mercadeo era un vino diferente.

Los espumosos que en el mundo se producen basados en el método tradicional de segunda fermentación en la botella que creó la región francesa hicieron crecer después el rosado como color.

No ya en espumosos, sino en vinos, el rosado venía siempre atrás. Sin buena prensa. Como residual, después de mencionar los otros. Perseguido por la carga supuesta o real de azúcar añadida. Porque el color despertaba sospecha (también se lograba echando un poco de tinto a un tanque de blanco).

 

II

Ahora todo está cambiando. El rosado como color es buscado, deseado, exhibido y proclamado. Llegaron oleadas de nuevos consumidores. No son señoras solteronas buscando un sorbo de vino dulzón, sino diletantes. Buscadores de lo bueno y nuevo.

Así, en menos de 10 años el rosado ha pasado a ser casi 10% de la producción mundial de vino. La tendencia apunta al cielo.