• Caracas (Venezuela)

Alberto Soria

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Alberto Soria

¿Antidepresivos?: mejor lentejas y estofados

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En tiempos de incertidumbre o turbulentos, no se reúna a comer con quienes han perdido hace rato el apetito o sienten ansioso placer en arruinar el suyo.

En tiempo difíciles a lo que jamás hay que renunciar (enseñaba mi tutor Jean Huteau en los años que, en economía, “llaman décadas perdidas”) es al disfrute y las ganas.

Por naturaleza, la gente de la gastronomía, los vinos y los tragos son personas optimistas. En cambio, pesimistas son los especialistas en números que llegaron a la mesa y el bar para hacer fortunas rápido, y algunos de mis amigos economistas. Especialmente los que se educaron en la universidad a golpe de hot-dogs y hamburguesas. Por lagunas en su formación, ante cada crisis toman antidepresivos en lugar de estofados o platos de lentejas.

 

I

A la hora de almorzar fuera de la oficina lo más sensato hoy es evitar la fama. “La señora fama, que siempre  fue caprichosa y esquiva, frecuenta los sitios especializados en presentar cuentas de escándalo, a cambio de ofrecerle la sonrisa y el abrazo del chef. La gloria los abraza, los apretuja, como si en lugar de ser unos eficientes artesanos fuesen unos artistas eximios”, razona J. M. Vilabella.

Si con quien va a almorzar le propone probar un sitio de novedad, asegúrese de que pagará él. Usted lo hará en la próxima, afirme con descaro.

La novedad no es lo mismo que la fama. El sitio puede ser engañosamente pequeño. Su atributo fundamental no reside en lo que ofrece y se ve, sino en lo que promete y cuentan las amigas del dueño, encargadas de promoverlo.

Ahora con Twitter, Facebook e Instagram los sitios de novedad se han disparado. Si recibe un mensaje afirmando que allí “se come divino” dele a la información la misma credibilidad que la experiencia la ha enseñado a otorgar hoy a las encuestas.

 

II      

Va creciendo una tendencia de la que ya nadie se avergüenza. Si el vino tiene un precio exagerado, el cliente huye. No regresa, y además lo cuenta. Los veteranos profesionales en el negocio saben que así son las cosas en tiempos turbulentos.

La clientela, así como hace ricos, también fabrica pobres. Aunque se hayan gastado una millonada en decoración y fama. O en copiar el nombre de un sitio famoso.