• Caracas (Venezuela)

Alberto Soria

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Alberto Soria

Añada “excelente”

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“Hay falsos enólogos, sumilleres aficionados, enteradillos del vino y asistentes habituales a catas que portan de forma obscena la tarjeta de las añadas”. La protesta proviene de José Manuel Vilabella, incisivo e ilustrado escritor y periodista español.
Aquí hace un tiempo abundaron, y ahora se ven pocas. Son las tarjetas con los cuadros de la calidad de las cosechas, impresos por marcas productoras, de lujo.

Pero aun así se les ve en las catas de abolengo. Antes lo hacían los de la tercera edad. Ahora la exhibición está a cargo de los ilustrados de las nuevas generaciones de amantes del vino. Los más avezados ya tienen la data en su celular. Los afiebrados de la tercera edad, ante esa demostración de modernidad y tecnología, consultan su cartulina impresa con el sigilo de un bachiller copiándose en un examen.

I
El cambio climático acabó a tijeretazos con las certezas de las tablas de añadas. Por ejemplo, la cosecha de 2012 en los grandes productores europeos fue corta. En algunos sitios, golpeada por la sequía. En otros, azotada por el mal tiempo y las tormentas de granizos.
Eso no impedirá que muchos impresores de tarjetas y dueños del contenido en páginas web digan lo contrario. Nadie escribe: “Año de espanto, por el clima”.

Ese, el de la información sesgada, es el segundo tipo de tijeretazos a la verdad. “Ningún otro país productor de vino importante tiene nada parecido al ceremonial anual de las catas de calificación por los órganos reguladores y la proclamación de esa calidad –en España– que desde hace decenios ya no baja nunca de ‘buena’ (que, en plan orwelliano, hoy en día significa ‘mala’), y que se agita como señuelo comercial”, dice Mundo Vino desde Madrid.

¿Ocurre eso en todos los productores europeos? No. En Francia e Italia en términos generales, ignoran esta práctica. Lo hacen porque saben bien que, salvo en denominaciones de origen de dimensiones muy reducidas, es imposible dar un calificativo único a la calidad de una añada, ya que las condiciones climáticas suelen ser muy diferentes tan pronto se amplía la distancia.

II
“Saber catar tiene siempre algo de aventura que es preciso experimentar a la buena de dios, es un número circense al que hay que quitarle la red”, sostiene Vilabella, para finalizar aconsejando: “Corra riesgos, aventúrese, experimente, saboree, olisquee y haga caso omiso de la información de los expertos que en ocasiones es interesada, previsible y procede del propio elaborador del vino”.