• Caracas (Venezuela)

Alberto Quirós Corradi

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Alberto Quirós Corradi

Si todos fuéramos Frankenstein

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Las neurociencias han descubierto nuevas funciones del cerebro y la relación que tiene este órgano con el comportamiento del hombre. Esto, con los avances de la genética, el conocimiento del genoma humano, la biología molecular y otros descubrimientos han llevado a especulaciones sobre el futuro de la especie humana y hasta la posible creación de un nuevo hombre (transhumanismo). Todo lo cual requiere de una nueva ética que impida que la ciencia se desboque sin una regulación moral. De allí nace la neuroética, que puede considerarse como parte de la bioética o una disciplina nueva dadas las enormes consecuencias que para el ser humano puede tener el desarrollo de las neurociencias. Desde la cura de enfermedades hoy intratables hasta el perfeccionamiento de habilidades humanas, sin descartar ciertas manipulaciones genéticas que pudieran “crear” aptitudes y hasta influir en el libre albedrío que tanto celebramos hoy.

Imaginemos solamente que no somos responsables por nuestras acciones porque el cerebro está ocupado por un Yo inmaterial que controla nuestras neuronas. Toda nuestra estructura legal podría desmoronarse si fuera cierto lo que insinuaban nuestras abuelas cuando intentaban justificar una “mala” conducta con la excusa de “pobrecito, no sabe lo que hace”.

La neuroética se originó en un congreso organizado por la Fundación Dana en 2002. De acuerdo con la filósofa española Adela Cortina se ha llegado, en ocasiones, a la convicción de que la neuroética será al siglo XXI lo que la genética fue al siglo XX: “El gran reto que la ciencia plantea a la ética”.

William Safire, citado por Cortina, alega que la neuroética se remonta a la creación literaria de Frankenstein por Mary Shelley. La novela pretende crear a un nuevo hombre tomando y seleccionado las mejores partes de diversos cadáveres, a las cuales una vez “armadas” se le da vida. El experimento tuvo varios problemas. Entre ellos, la dificultad de “transferir” a un nuevo cuerpo órganos pequeños del ser humano. Esto obligó al doctor Víctor Frankenstein a aumentar la escala y crear un ser de enorme estatura con múltiples defectos. En resumen, un monstruo que ha sido analizado profusamente. ¿Cuál fue la intención de la autora? ¿No puede jugarse a ser Dios? ¿El hombre ya es perfecto y cualquier intento de acelerar su evolución natural resultaría en el monstruo del doctor Frankenstein? Recordemos que la obra fue escrita en 1816 y que la autora había leído a Erasmo Darwin, que especuló sobre la vida artificial.

La ciencia ficción se ha dado un banquete especulando hasta dónde puede llegar la nueva ciencia en el desarrollo de un nuevo hombre. Recordamos un relato en el cual a los niños se les introducía una especie de “chip” en el cerebro que contenía todo el conocimiento a la fecha. Eso planteaba un dilema. Si todos sabemos lo mismo ¿cómo se pasa de ese nivel de conocimiento a otro más elevado? La respuesta del autor era que había un reducido grupo de personas cuyo cerebro sería más creativo que todo lo que le aportaba el “chip” y podría diseñar otro “chip” más avanzado. El conocimiento nunca sería estático y siempre habría nuevas personas que rebasarían los límites del saber en cualquier momento dado.
 
Frankenstein, según Adela Cortina, se venga de su creador asesinando a su esposa porque no podía vivir en un mundo donde era único sin tener a nadie con quien compartir vida y destino. El humano es un ser social y el monstruo heredó la necesidad de vivir entre iguales.

La otra cara de la moneda es que todos seamos Frankenstein. Que el “chip” del relato aquí mencionado nos haga a todos idénticos. Que el sueño nefasto del pensamiento único se convierta en realidad. Algo que los gobiernos totalitarios anhelan porque no han entendido lo que sería un mundo poblado por poseedores de cerebros con un mismo “chip”.

Al final todos, aunque en compañía, sentiríamos la misma soledad del monstruo de Frankenstein.