• Caracas (Venezuela)

Alberto Barrera Tyszka

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Los dos modelos

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Son, más bien, dos países. Dos maneras de ser venezolano hoy en día. Dos formas de estar y de vivir el país. Nicolás Maduro, probablemente sin proponérselo, quizás sin siquiera darse cuenta, nos ha regalado esta semana una imagen perfecta de este proceso. Hay un presidente que, con su amplia comitiva, danza por los cielos del planeta, a su antojo y sin controles, yendo de aquí para allá y de allá para acullá, como si estuviera de sabático, en plan de nuevo rico, como si pudiera resolver la emergencia del país con un crucero internacional. Ese es su modelo. Del otro lado, solo hay una cola. Una cola que no avanza. Una cola infinita donde viajamos la mayoría de los venezolanos. Una cola para comprar comida y productos de limpieza, una cola para encontrar medicinas, una cola para conseguir un cupo en un hospital, una cola para adquirir la batería del carro… Dice el gobierno que hay dos modelos. No es cierto. Solo hay uno. Un modelo que te permite vivir oficialmente en el aire, mientras los demás estamos en cola, esperando que un oficial nos escriba un número en el brazo.

Mientras había dinero, la revolución era una fiesta. Les resultó vistoso y divertido el juego de quitar y poner, expropiar, repartir y controlar, destruirlo todo porque todo era viejo y malo, nada servía. Siempre había más billete para soñar el futuro. Pero ahora las monedas comienzan a faltar y se acaba la parranda. La escasez se extiende hasta el discurso: los anaqueles de argumentos del gobierno están vacíos. Solo les queda la vieja lata de la guerra económica que ya nadie quiere consumir. El modelo está en crisis. Ese es el único problema. Su verdadera ideología era el precio del barril. Sin dinero, el socialismo del siglo XXI se transforma velozmente en una sociedad caníbal.

Pero los poderosos no desean separarse de su modelo porque vivir en su modelo es muy sabroso. Puedes, por ejemplo, habitar en La Casona sin ser presidente y saltándote todas las formalidades. Puedes disfrutar de su lujo, de su piscina y de su sala de cine privada. Puedes gozar de la mayor seguridad y del mejor confort sin que nunca te falte nada. Pero, además, puedes también salir todos los días en la televisión, regañando a los demás, diciendo qué se debe hacer, carajeando a tus adversarios y ofreciéndole cárcel a quien te dé la gana. Es un modelo que disfrutan pocos, muy pocos. La mayoría de los venezolanos quedamos fuera. Somos quince y último. Somos solo un ¡ay! que no hay. Una realidad que ya no sale en la televisión ni en muchos periódicos. La mayoría somos un país que no tiene permiso de ser noticia.

La crisis desbarata la propaganda, ablanda los extremos, disuelve la polarización política. Y va dejando cada vez más claras las verdaderas diferencias entre la Venezuela de los oligarcas, donde nunca hay que rendir cuentas, donde puedes desaparecer 20.000 millones de dólares y no dar jamás una explicación a nadie, y la otra Venezuela, donde todos estamos obligados a hacer filas, con evidencias en la mano, para demostrarle al Estado dónde y cómo se han gastado los dólares asignados para viajes o para estudios en el exterior. Es el modelo en el que los poderosos siempre son inocentes por decreto y la mayoría siempre es sospechosa por naturaleza.

No hay dos modelos. Hay uno solo. El modelo de la cúpula, de la nueva casta militar y política. El modelo que considera inadmisible cualquier protesta, que establece que cualquier disidencia es una rebelión. El modelo que pretende reinventar la censura y la represión como valores libertarios. Es el modelo que tratan de imponer, a toda costa, de cualquier manera, aun en medio de la crisis. Del otro lado, cada vez hay más pueblo, defendiéndose, de cualquier manera, a toda costa, aun en medio de la crisis.

Hay un modelo y dos países. El país donde puede aparecer la foto de Nicolás Maduro, mirando el mar de Argelia; y el país donde encarcelan a cualquiera que se atreva a usar su teléfono para tomar una foto de nuestro mar de la felicidad bolivariana.