• Caracas (Venezuela)

Alberto Barrera Tyszka

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Alberto Barrera Tyszka

El mariachi y el peñero

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La vaina está enredada. Perdóname. Si todo estuviera bien, Chávez no andaría contratando un mariachi para su campaña. No digas que no. Llevar al Chente Fernández al Palacio de Miraflores y condecorarlo con la Orden de Libertadores es casi un homenaje a Abdalá Bucaram, un remake del peor farandulerismo de Carlos Menem. ¿Qué tiene que ver alguno de nuestros libertadores con la vida y obra de este cantante mexicano? ¿Cómo enlazamos esto con el sesudo debate sobre la independencia que supuestamente propone el Gobierno? ¿Grabamos el nombre del Mariscal Sucre en la penca del maguey?

¿Buscamos la secreta relación entre "una piedra en el camino/ me enseñó que mi destino era rodar y rodar" y la prisión de Miranda en La Carraca? ¿Cuál es la idea? ¿El mensaje revolucionario necesita ahora música ranchera? Pues, por eso mismo te lo digo. Te lo estoy diciendo: la vaina está enredada.

Nunca antes, Chávez había ofrecido una campaña tan aburrida. Quizás pesan los demasiados gobiernos de este gobierno. Tal vez, también, cansan las mismas palabras de siempre, estrujadas de la misma manera, repitiendo siempre lo mismo. Aunque no parezca, las promesas envejecen. Quizás muchos venezolanos han empezado a preguntarse dónde están los miles de millones de dólares que entraron al país durante todos estos años. Tal vez todos estos factores, y algunos otros más, se suman y producen finalmente esta sensación de tedio que parece envolver hoy a la campaña del Gobierno. Chávez parece haber perdido, incluso, el ingenio. Su candidatura no tiene ninguna iniciativa. Sólo funciona con piloto automático.

Ya se sabe: desde hace tiempo, Capriles es quien impone la agenda de la contienda electoral. Pero el oficialismo, además, está perdiendo su capacidad reactiva. Sus acciones han pasado a ser reflejos. Chávez se está convirtiendo en un eco de Capriles. Si el candidato de la oposición está por Quiriquire y habla de la sopa de plátano verde, salta de inmediato Chávez, desde el Palacio de Miraflores a decir que la sopa de plátano, original y auténtica, es en realidad roja y se come con cuchara socialista. Si Capriles está en Caja Seca y dice algo sobre el cultivo de papayas de la India, no transcurren muchos minutos para que aparezca el Presidente, desde su despacho, en cadena nacional, asegurando que lo que dice el candidato del imperio es una mentira sarnosa, que la verdadera papaya de la India se produce en Bielorrusia y que él mismo, bolivarianamente, va a ir a sembrar esas matas por todo el territorio. Seremos una gran potencia ­jura­ de papayas de la India de Bielorrusia.

La retórica oficial se ha vuelto un hastío. Ante la pregunta ¿por qué hay que votar por Chávez?, la respuesta gubernamental dice: Porque Capriles es malo, porque Capriles es el candidato de los extranjeros, porque Capriles representa el pasado, porque Capriles es un traidor, porque Capriles es un jalabolas, porque Capriles es un burguesito, porque Capriles no sabe hablar, porque Capriles es amigo de los adecos, porque Capriles te va a quitar todo, porque Capriles dice puras mentiras, porque Capriles les va a regalar el país a los gringos, porque Capriles significa la guerraŠ No hablan de su propio candidato. Sólo apelan a su carisma, al vínculo afectivo con la gente. Pero nada más. Su gran tema es Capriles. Cometen el mismo error que por mucho tiempo practicó la oposición. Su único proyecto es que Capriles esté fuera. Su plan de gobierno es "Capriles vete ya".

De hecho, Chávez habla tanto de Capriles que ya luce un poco ridículo. Alude a él todo el tiempo. Le responde, le grita, lo insulta. Hay cosas que no necesitan nombrarse para que todo el mundo las entienda. Estar todo el día hablando de un majunche contradice, justamente, que ese alguien sea un majunche. Chávez no lo nombra pero lo suda. Tiene a Capriles atorado en los poros. No sabe qué hacer con él. Cómo obligarlo a pelear en su terreno.

Por eso, tal vez, han comenzado a aparecer las fábricas de mugre, las brigadas de choque. Pero hasta ahora, Capriles ha ganado una batalla importante y difícil: ha derrotado la polarización. Quizás, eso es lo que más teme el poder. Que el debate descienda de los cielos de la ideología y se hunda en el infierno de la vida cotidiana. Que los venezolanos más necesitados y excluidos piensen que Capriles, en realidad, es el único que puede cumplir las promesas de Chávez.

Hay un charro en Miraflores, tratando de cantar "hago siempre lo que quiero/ y mi palabra es la ley". Mientras, unos pescadores rescatan la astucia, el desafío, y Capriles construye una épica con un peñero. Te lo estoy diciendo.

Este país no es fácil. La vaina está enredada