• Caracas (Venezuela)

Alberto Barrera Tyszka

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Alberto Barrera Tyszka

El índice del poder

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No siempre las cosas se parecen a sus nombres. Es algo que ocurre con algunos objetos pero, también, con ciertos animales, incluso con determinadas personas. Seguro te ha pasado. Alguna vez conociste a una Silvia que tenía una irremediable cara de Benilde. Con las mascotas suele ser más frecuente. Recuerdo a un vecino con un perro chihuahua cuyo nombre era Dragón. Cada vez que salían a la calle y él comenzaba a llamarlo se producía un extraño cortocircuito de sílabas sobre la acera. Lo peor, sin embargo, sucede cuando de manera deliberada se pretende tener un nombre radicalmente distinto a lo que uno es. Cuando no se trata de una casualidad sino de una intención, cuando el lenguaje se convierte en traición o en estafa. Por ejemplo: lo mínimo que uno espera de una democracia participativa es que, al menos, sea algo democrática y algo participativa.

No deja de sorprenderme la capacidad extraordinaria que tiene alguna gente para desenchufar su espíritu crítico ante algunas circunstancias. Hay tantos camaradas y tantos compañeros, feroces cuestionadores de las ceremonias del poder burgués, que de pronto se apagan voluntariamente cuando los mismos desmanes, con grosera similitud, se producen en su bando, en su propia organización. De repente, sus sagrados principios quedan suspendidos. Sin ningún problema, y sin ningún pudor, comienzan a vivir la realidad en modo de ausencia.

Son tan revolucionarios, tan conciencia liberadora, tan dialécticos, a la hora de salir en la televisión hablando de la democracia verdadera y del poder del pueblo, del socialismo bolivariano y del futuro comunal, que uno no entiende en dónde diablos se esconden cuando hay que analizar y debatir eso mismo pero a propósito del PSUV, con respecto a la escogencia de los candidatos del oficialismo para las próximas elecciones del 16 de diciembre. Hasta ese instante dura la revolución. Es otro síntoma de los tiempos: la ideología también es provisional, desechable.

Es muy difícil justificar la manera unilateral y autoritaria como el partido de gobierno ha elegido a sus candidatos a gobernadores. Por más maromas que se ensayen, siempre queda un mal sabor, ese ay flotando, aguando la fiesta en el cielo de la utopía. Hay quienes han intentado proponer la enfermedad del Presidente como argumento. Pero un cáncer no puede ser una excusa multiusos. Tampoco puede legitimar infinitamente cualquier equivocación política. Se trata de una incoherencia mayúscula. Ni siquiera se puede tapar con un quirófano.

La memoria colectiva, además, todavía recuerda el mitin en el estado Carabobo, cuando en un ataque de intemperancia de lo más abrupto pero de lo más saludable, el Presidente regañó a la multitud e impuso a Francisco Ameliach como candidato a la gobernación. En contra de las bases. En contra de las organizaciones populares. En contra de la autogestión y del proceso comunal. Sin ninguna fragilidad clínica, se pasó por el forro todo el grandioso proyecto para el próximo sexenio con un único argumento: Porque lo digo yo. Vayan tomando nota: ¿acaso no querían patria? Aquí la tienen. Yo soy la patria.

Otra premisa trata de explicar lo que ocurre aferrándose a una palabra que, en ocasiones, le ha sido muy útil al Gobierno: transición. Todo lo malo que ocurre se debe a que estamos en una etapa de transición. Por eso hay corrupción, burocratismo, ineficiencia, clientelismo, falta de solidaridad, calles rotas, prisiones llenas de armas, hospitales que no funcionan, machismo, rock and roll y piojos. Todo lo que se pueda criticar cabe en ese término. Se trata de algo caprichoso y sin mucho fundamento. Basta recordar que 11 de los 23 candidatos a gobernadores, designados por el poder, son militares. ¿En qué parte de la transición están ellos? ¿En la que vamos dejando atrás o en la que vamos entrando?

En México, durante setenta años, el PRI se mantuvo institucionalmente y de manera ininterrumpida en el poder. Era "la dictadura perfecta", sostenida sobre la práctica democrática del Dedazo. Carlos Monsiváis la definía así: "La sensatez de la República depende del monopolio de las decisiones (...) El presidente mira a su alrededor y calcula quién le será fiel o quién, en el caso de traicionarlo, le será menos dañino. Y deposita la esencia de su mando en el control sobre doce años de la vida nacional, los seis que le tocan y los seis del sucesor, porque no serían concebibles sin la acción del Dedo, del genuino Dedo de Dios. El Dedazo es la plataforma de convicción del presidencialismo".

Quizás va siendo hora de pensar en el nombre de las cosas. Esta semana, la revolución bolivariana sólo fue un dedo.