• Caracas (Venezuela)

Alberto Barrera Tyszka

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Alberto Barrera Tyszka

Una esperanza

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La maldición del adelanto: debo entregar estas líneas antes de las vacaciones de Semana Santa. Hoy es 26 de marzo y tengo entre los dedos la columna del 5 de abril. Estoy tratando de pensar cómo será el país dentro de semana y media ¿Es posible imaginarlo? ¿Acaso es posible presentir, intuir o adivinar lo que puede pasar? ¿Decretarán el aumento de la gasolina? ¿Maduro anunciará en cadena nacional que ya está comenzando el “renacimiento económico”? ¿Bajará la inflación? ¿La fiscal general de la República hablará sobre el asesinato de Nathaly Trujillo y se preocupará por el reglamento sobre la circulación de motorizados, que fue aprobado en 2011 pero que todavía no ha entrado en vigencia? ¿Se conseguirán pañales para adultos?

Lo que ocurre siempre es demasiado. Lo que ocurre en realidad, lo que casi ocurre, lo que dicen que está ocurriendo, lo que puede o podría ocurrir, lo que no ocurrirá jamás… Todo, incluso aquello que es impreciso o ambiguo, resulta contundente. Es imposible estar al día en Venezuela. Las noticias siempre nos llevan ventaja. No terminamos de digerir una, cuando ya viene otra asomándose, reventando. El mar de la felicidad es una tormenta.

En este país, la palabra actualidad necesita comillas. Es necesario aclarar con rapidez de qué actualidad se trata, a cuál de todas las actualidades, que suceden actualmente, se está uno refiriendo. En una entrevista, en el año 2008, Umberto Eco contaba lo siguiente: “Cuando yo era chico podían llegar a la librería tres libros por mes, hoy llegan mil. Y ya no sabes qué libro importante fue publicado hace seis meses. Eso también es una pérdida de la memoria”. Es el mismo procedimiento que se establece con nosotros y el país. Sus señales son tantas, y tan abrumadoras, que no tenemos más remedio que perderlas. “La abundancia de información sobre el presente es una pérdida y no una ganancia”, sostiene el semiólogo y novelista italiano. Así nos pasa. La cantidad y la velocidad de las noticias nos llevan a olvidarlas. El país es un limbo ruidoso.

La contraparte, ya se sabe, es la censura, el silencio como plan de la patria. La mudez oficialista ante la corrupción es nauseabunda. ¿Alguien recuerda cuando se llenaban la boca denunciando los negocios de Lusinchi y Blanca Ibáñez en el Palacio de Miraflores? Pero ahora todos se quedan callados. No quieren saber nada de las investigaciones que se adelantan en España. No se trata de una ficción mediática, sino de una intervención institucional. Pero nadie desea hablar de Javier Alvarado o de Carlos Aguilera. Ellos también son los herederos del Comandante Eterno. A la iglesia roja no le conviene que se sepa que los hijos de Chávez blanqueaban dinero en Europa.

Pasarán dos domingos y el oficialismo seguirá sin pronunciar esta noticia. Para ellos, solo es otro rumor mal intencionado, un murmullo peligroso que deber ser regulado. Ahora, la “actualidad” del gobierno son las firmas. Ha dicho el presidente que quiere llevar 10 millones de rúbricas para la próxima cumbre que se realizará en Panamá. Hay algo perturbador y desquiciante en este empeño. Enfrentar la crisis socioeconómica recogiendo firmas contra un decreto de Obama es, de alguna manera, instaurar la locura como método de gobierno.

Es cierto. Venezuela no es una amenaza para la seguridad de Estados Unidos. A menos que se aporten pruebas concretas, la sentencia luce totalmente desproporcionada. Pero también la reacción es falsa y temeraria. Porque Venezuela no es una esperanza. Para nadie. Mucho menos para nosotros mismos. Todo lo contrario. Durante todos estos años, justamente, las esperanzas en el país no han hecho sino perderse o desaparecer. Nuestras ilusiones son pequeñas, están llenas de apuro, se parecen cada vez más a las angustias. Vivimos con la esperanza de encontrar la medicina que necesitamos. Con la esperanza de que el sueldo alcance. Con la desesperada esperanza de que esta noche nuestros hijos regresen vivos a casa.