• Caracas (Venezuela)

Alberto Barrera Tyszka

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El chaca chaca de Maduro

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Cuando yo era un muchacho, apareció en televisión una publicidad que logró un rápido éxito de audiencia. Un animador promovía un detergente en polvo que lograba que un tobo plástico funcionara como una lavadora. La fuerza del jabón, dentro del recipiente, lograba un torbellino, un chasquido poderoso, digno de cualquier máquina de metal con nombre gringo. Era la cuña del chaca chacha: una pieza engañosa, un espejismo diseñado para estafar al público. Como el sacudón de Nicolás Maduro.

Sin proponérselo, de manera involuntaria, Maduro logró diluir un poco la polarización que somete al país. Por una vez en mucho tiempo, la mayoría de los venezolanos coincidimos en algo: el sacudón fue decepcionante. Tanto así que el presidente tuvo que salir a realizar una insólita faena: explicar sus amenazas. Esta semana nos advirtió: “Hay gente que es demasiado sabionda y decía: ‘A Maduro le faltó profundidad en el sacudón’. Sigan creyéndoselo, pues. Nosotros vamos con todo a demoler los restos del Estado burgués”. Esa última frase me interesa. Ese adjetivo.

Desde hace tiempo, el oficialismo viene apelando al calificativo “burgués” para definir una estructura que, supuestamente, le ha impedido, durante década y media y más de 1 millón de millones de dólares, hacer verdaderamente la revolución. Después de fracasar y de arruinar el Estado, ahora descubren que el problema estaba en el Estado mismo, en su naturaleza. Se bebieron toda la botella, se emborracharon, y a la hora de la resaca vienen y dicen que el frasco es malo, que la bebida estaba piche.

¿Fue el Estado burgués, amparado por una nueva Constitución bolivariana, el que impidió el control de las instituciones y del sistema judicial del país? ¿Acaso el Estado burgués no permitió que hubiera expropiaciones y que se multiplicaran las llamadas empresas socialistas? ¿El Estado burgués ha evitado el protagonismo y la beligerancia de las FANB en la sociedad? ¿Acaso el Estado burgués ha sido un obstáculo imbatible para la relación de sometimiento que tiene el país ahora con Cuba?

Frente a todo esto, la publicidad oficial ha lanzado otro adjetivo: comunal. Es una utopía trabucada en fetiche. Dijo Maduro esta semana: “El pueblo tiene gobierno propio y tiene un presidente que forma parte de ustedes mismos, un presidente comunal que tiene la obligación de ser el receptor de las propuestas que la sociedad organizada va formulando, para tomar grandes decisiones, responsabilidades y acciones que influirán positivamente en la transformación, la vida política y espiritual de todo un pueblo”. Haz el ejercicio de leer de nuevo estas frases. Regresa a las comillas, lee pero, esta vez, elimina la palabra “comunal”. ¿No se trata acaso de una simpleza absoluta, del decálogo básico que debería regir a cualquier gobernante en cualquier lugar del mundo? ¿Cuál es la diferencia?

El gobierno reprime las protestas, practica la censura, descalifica de manera sistemática a cualquier tipo ciudadano que se atreva a cuestionar o a disentir. Todo depende, otra vez, de un adjetivo: comunal. ¿De qué se trata? ¿Acaso es comunal el silencio oficial con respecto a los 25.000 millones de dólares birlados por las empresas de maletín? ¿Y los 334 millones de dólares del Banco del Alba, del que, por cierto, también fue presidente Maduro? No se sabe muy bien dónde están. ¿También ese vacío es comunal? ¿Y controlar los medios de comunicación? ¿Y despedir a Rayma? ¿Y prohibirle a una dirigente de izquierda de 21 años dar declaraciones públicas? ¿Todo eso también cabe en el adjetivo comunal?

Es paradójico que el lanzamiento de un supuesto nuevo modelo de “gobierno popular” siempre esté controlado por una “comisión presidencial”. Más bien pareciera que se trata de un proyecto para privatizar a la “sociedad organizada”. El gobierno no quiere resolver los problemas. Solo desea aprovecharlos para seguir acumulando poder. El partido pretende convertirse en Estado. Lo de burgués o comunal es un adorno. Los adjetivos solo son su chaca chaca.