• Caracas (Venezuela)

Alberto Barrera Tyszka

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Alberto Barrera Tyszka

Saber perder/ saber ganar

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Una señora indignadísima me manda un correo y me pide, me exige más bien, que escriba sobre EL TEMA. Así. En mayúsculas. Porque no hay nada que pueda ocupar este domingo sino EL TEMA. Así. Como una piedra atorada en el idioma. “Tiene que escribir sobre esto”, insiste. Y cita a Rafael Poleo. Y comenta de Ledezma. Y menciona una primera página de este diario (“¡el periódico donde usted escribe!”, me advierte, con tono admonitorio). Y también habla de muchos expertos, muy matemáticos todos; y de no sé cuántos analistas, muy analíticos todos. Y EL TEMA por supuesto es el fraude. Y la señora está segura, tan segura, tan genuina y sinceramente segura. Y también está molesta. Y está asustada. El país de pronto se le ha convertido en una telenovela de terror de bajo presupuesto. Todos los días tiene un absurdo nuevo. Todos los días busca o huye de un crimen que nunca termina de aparecer.

No sé si a esta señora indignadísima le vayan a agradar estas líneas. Quizás, incluso, no quiera llegar al final. Siempre es mucho más halagador pensar que nos estafaron que aceptar que no ganamos. En su novela La velocidad de la luz, el escritor español Javier Cercas ofrece un parlamento tan resplandeciente como demoledor: “Encontrar culpables es muy fácil; lo difícil es aceptar que no los hay”.

Tengo que apurarme antes de que algunas pupilas pasen sus aspas sobre estas letras: no estoy diciendo que el proceso electoral fue limpio y equilibrado, que el CNE no permitió que el candidato oficial actuara con grosero ventajismo, que el Gobierno no utilizó –de manera descarada– los recursos del Estado a su favor. Creo que todos esos factores se dieron, que forman parte de un ejercicio perverso del poder, pero que no son lo suficientemente determinantes para invocar un fraude, para pensar que a la oposición le robaron un triunfo. Una cosa es que el proceso tenga vicios y otra cosa muy distinta es pensar que Chávez no tiene votos.

Yo sigo creyendo que jamás la oposición había hecho tan bien su trabajo. Logró la unidad. Se desmarcó en lo posible de la polarización. Presentó un proyecto de país alternativo. Construyó una nueva identidad, con mucho más sentido popular, policlasista. Propuso un liderazgo radicalmente distinto. Obligó a Chávez a moverse, a cambiar de estrategia, a hablar de un país que el Presidente no tenía en su discurso… Pero aun así, aun con todo esto, todavía no consiguió convertirse en una mayoría contundente. Por ahora. Porque la oposición también tiene su “por ahora”. Y porque desde ese “por ahora” debe hablarle al país, combatir, seguir creciendo.

Del otro lado, la dirigencia oficialista, lamentablemente, repite sus errores. No entiende y no acepta la lógica de la democracia. Sigue sin comprender que ganar no significa someter al otro. Las elecciones nunca fueron una batalla perfecta porque la vida en sociedad no es una guerra. Y una victoria electoral no tiene como premio la dominación total de los demás y la ocupación de sus territorios. El país no votó por el Estado Comunal. La mayoría de los venezolanos votó por un Chávez que pidió perdón y dijo que no iba a fallar más. Por un Chávez que prometió ocuparse de los problemas reales de la gente y hacer un mejor gobierno. Por un Chávez que satanizó a la oposición y aseguró que sólo él garantizaba billetes y bienestar. Si el Gobierno no entiende eso, tarde o temprano transformará su victoria en derrota.

Tras el clásico estornudo de la reconciliación y del diálogo, el poder volvió a ser el mismo. Un artículo escrito por Roberto Hernández Montoya –y leído luego públicamente por el Presidente– retrata muy bien esta ceguera. Hernández pretende dirigirse a “opositores inteligentes” pero su texto es una gran tontería sin un solo argumento. Igual que la dama histérica que cree que quienes votan por Chávez son unos pobres manipulados, Hernández supone que los seis millones y medio que votamos por Capriles somos unos idiotas, engañados y confundidos. También hay que saber ganar. También hay que saber leer las victorias.

En la convivencia democrática, perder y ganar se conjugan de otra forma. No son mecanismos de exclusión. No implican la eliminación del otro. Son experiencias que pueden cambiar, que pueden incluso alternarse. Aquí nadie va a poder avanzar sin contar con el otro, sin inventar formas activas y respetuosas de integración. Lo que está en juego, en definitiva, es ese plural que llamamos país. “Un fracaso no se improvisa”, decía Joan Fuster. Saber perder, saber ganar. Aprender a mirarnos, a aceptarnos, a negociar. Quizás todavía estamos a tiempo de evitar que el futuro de todos sea un gran fracaso.