• Caracas (Venezuela)

Alberto Barrera Tyszka

Al instante

Relato de un malentendido

  • Tweet:

  • Facebook Like:

  • Addthis Share:

Ellos dicen una cosa y nosotros escuchamos otra. Ese es el problema. Lo que pasó ahora es un buen ejemplo. El 27 de junio pasado, Nicolás Maduro dijo: “Vamos a una sacudida completa de los mecanismos de gobierno para entrar en una etapa de eficiencia verdadera”. Y entonces todos los venezolanos salimos a pensar que eso tenía que ver con nuestros problemas. Creímos que Maduro estaba pensando en nosotros, en el pueblo, en la realidad. Creímos que la eficiencia tenía que ver con la inflación, con la escasez, con la crisis, con la tragedia de la violencia y de la inseguridad… Pensamos que la idea era sacudir al gobierno y no seguir sacudiendo al país.

Escuchamos otra cosa. Entendimos mal. Porque Maduro también habló de “un sacudón a los viejos anquilosados, burocráticos y corrompidos mecanismos del viejo Estado burgués que todavía quedan por allí, que atrasan las cosas, que son indolentes frente al dolor y la necesidad humana”. ¿Acaso se refirió a la crisis económica? ¿Acaso en su discurso apareció el dólar paralelo? ¿Dónde estuvo mencionada la digoxina? ¿Dónde dijo algo sobre los reactivos clínicos? ¿Acaso habló de la pelazón, de la quincena que ya no alcanza, de las colas que hay que hacer para conseguir cualquier cosa? Ellos dicen una cosa y nosotros escuchamos otra. Nosotros no escuchamos con los oídos, sino con el estómago, con las heridas, con la angustia.

Quizás todavía no lo entendemos. El gobierno está en otra dimensión. Tiene los ojos en el horizonte, no en la cotidianidad. En los meses de julio y de agosto, también lo reafirmaron: el sacudón es “la revolución dentro de la revolución”. Porque después de 15 años y 1 millón de millones de dólares, la revolución necesita revolucionarse. De eso se trata. De cosas grandes, trascendentes. Pero la gente está en lo chiquito, pendiente de que si hay o no hay harina, de si hay o no hay champú, pensando en esas pendejadas mientras el gobierno está dando una batalla heroica para construir el socialismo y salvar al planeta.

Es cierto que, en algún momento, hablaron de abastecimiento y de productividad. Tal vez eso ayudó a nuestra confusión. Pero lo del sacudón siempre estuvo centrado en “la transformación revolucionaria del Estado”. ¿Por qué entonces pensamos que el gobierno iba a anunciar medidas económicas? Si el mismo Maduro, durante ese tiempo, también aseguró que “Venezuela goza de muy buena salud financiera”. ¿Qué parte de la frase no se entiende?

Parafraseando a Baudelaire, se podría decir que el gobierno solo funciona gracias al malentendido. Esta semana, finalmente, se aclaró toda esta distorsión comunicativa. Las desproporcionadas expectativas alimentadas de lado y lado detrás de la palabra sacudón terminaron deshaciéndose, incluso, antes de los anuncios, en el larguísimo prólogo de Maduro. Repitió toda la colección de lugares comunes de la quinta república. Volvió a proponer al gobierno como víctima de una conspiración intergaláctica. Insistió de nuevo en acusar a los enemigos de siempre de todos los problemas del país. Volvió a enumerar los inmensos éxitos oficiales. A medida que hablaba, parecía que no tenía mucho sentido tomar alguna medida. Estamos mejor que nunca: ¿quién dijo que hace falta algún ajuste?

El sacudón, en concreto, propuso 6 nuevos nombramientos, 3 enroques y 19 ratificaciones. Fue un reacomodo de los diferentes grupos que se disputan y se reparten sus cuotas y sus influencias, de cara al único objetivo que tienen: mantenerse y tener cada vez más control. Esa es la única realidad que quieren cambiar: el Estado, las instituciones, el orden de la vida pública y privada de los venezolanos.  

Ellos dicen una cosa y nosotros pensamos otra. Ese es el problema. Dicen izquierda y nosotros recordamos a Sairam Rivas. Dicen independencia y nosotros evocamos la grosera invasión cubana. Dicen gobierno revolucionario y nosotros pensamos en esta nueva oligarquía que solo quiere sacudirse todo aquello que le impida atornillarse en el poder.