• Caracas (Venezuela)

Alberto Barrera Tyszka

Al instante

Pragmática del “como sea”

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Hay un instante en que la magia se apaga. Y no hay manera de revivirla. No hay forma de resucitar un vínculo perdido. Siempre hay, en algún momento, una curva donde se deshace completamente el encanto. Tampoco existen quirófanos para operar la falta de carisma. Nunca el dinero es suficiente para mantener caliente una pasión. En las relaciones de masas, en el espectáculo público, de pronto las estadísticas empiezan a pesar más que las ilusiones. Es ahí donde fracasan todas las recetas. Lo que antes funcionaba, de pronto ya no sirve de nada, no tiene ningún efecto, ninguna consecuencia. Cuando el milagro del rating se desvanece, los dioses vuelven a ser hombres, los héroes fracasan.

Mientras más feroces se presentan, más frágiles se ven. Mientras más amenazantes pretenden ser, más débiles lucen. Todo les sale al revés. Pedro Carreño y la fiscal general de la República parecen un chiste, una secuencia absurda, trajinando una denuncia por “traición a la patria” a partir de una conversación telefónica grabada y difundida de manera inconstitucional. Los dos de repente se empequeñecen, enclenques, en el contexto de un país que vive tragedias mayores, problemas descomunales. No hay ni un atisbo de valentía en ese acto. No es una hazaña. Todo lo contrario. Resulta ridículo. Patético. La inflación es traición a la patria. Lo que ocurre en los hospitales públicos es traición a la patria. Eso piensa mucha gente en las calles.

Lo mismo le pasa a Nicolás Maduro cuando intenta, nuevamente, convertir la intimidación en su principal arma política. Cuando afirma que tienen que ganar las elecciones “como sea”, no aparece como un líder inmenso, llenando de ímpetu revolucionario a sus seguidores. No es un guerrero guiando a unas masas que lo siguen fervorosamente. Para nada. Más bien parece un administrador chiquito, un burócrata de tercera, calculando truquitos, vueltas raras, a ver cómo hace para sobrevivir en la próxima auditoría. No contento con esto, además se explaya: “¿Ustedes me entienden? –pregunta–. ¿Han pensado qué es ese como sea? ¿Lo han discutido?”. La gran ceremonia política queda reducida a una complicidad diminuta y oscura. La revolución como pillería.

Los venezolanos conocemos muy bien la pragmática del “como sea”. Solo que ya dejó de disfrazarse. Ya no usa maquillaje. Ya es un método desesperado que se grita públicamente, una llamada de auxilio. Como sea, en las pasadas elecciones legislativas, el PSUV obtuvo casi 60% de los diputados con 48% de los votos. Como sea, desde hace años la bancada oficialista no representa a la mayoría del país. Como sea, se mueven y se remueven jueces en el Tribunal Supremo de Justicia para tratar de imponer por la vía legal lo que no se logra ganar por la vida democrática. Como sea, se aprovecha la pobreza de la gente para regalar comida y electrodomésticos en la campaña electoral. Como sea, el CNE impide la observación internacional mientras practica la ceguera ante el flagrante ventajismo del partido de gobierno. Como sea, la nueva oligarquía impone su modelo de comunicación hegemónica para que la oposición no sea visible, es decir, para que la realidad no sea visible.

Han llegado a la curva pero no quieren verlo, se resisten a aceptarlo. Cuando tratan de amenazar, se delatan. Nicolás Maduro dice que lo peor que le podría pasar a la oposición es ganar las elecciones. Y luego advierte que la revolución no se entregaría. “La palabra traición está borrada”, afirma. Piensa, entonces, que la alternancia es un delito. Ya lo reconoce abiertamente: para el chavismo, la democracia es una traición.

Aun con todo el ejercicio grotesco del “como sea”, no han logrado detener el proceso que estamos viviendo. Es un movimiento constante: cada vez son menos. Incluso en sus propias mediciones. Cada vez representan a menos gente. Es una tendencia que no se detiene. Aunque lo nieguen, aunque se empeñen en no leer la realidad, no podrán evitarlo. La magia se ha apagado: la historia los derrotará.