• Caracas (Venezuela)

Alberto Barrera Tyszka

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Alberto Barrera Tyszka

Chejov y las almendras

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Las elecciones siempre suelen ser los domingos, días en que me toca aparecer en esta esquina de la página. No es fácil porque, en estas fechas, la regulación prohíbe que se publiquen artículos con la intención de promover alguna opción electoral, que estén expresamente a favor o en contra de alguno de los candidatos. Se estila, entonces, más bien, escribir piezas más o menos anodinas, todas muy parecidas entre sí, como si estuvieran redactadas por una única buena conciencia, que se dedican de manera machacona a invocar los valores de la democracia y a advertir a los lectores sobre la importancia, el valor y la dignidad del voto. Son crónicas francamente aburridas. Lees las primeras dos frases y ya adivinas hasta los signos de puntuación.

Pero, todo hay que decirlo, también resulta raro llegar de pronto con un texto que no tenga nada que ver con el ánimo eléctrico que mueve este domingo. No puedes escribir sobre Chejov y las almendras, por ejemplo. No queda bien salir con un artículo sobre el cultivo de cangrejos en el sur de Alaska o sobre la inquietante vida sexual de las arañas. No. Es anticlimático. Es desubicado, poco coincidente con el tenso día que todos vamos a vivir hoy. Casi podría parecer que, en realidad, te has confundido de periódico. Que tus palabras han amanecido en un país equivocado.

El primer recuerdo que tengo de unas elecciones me hace sentir, irremediablemente, viejo. Estamos en diciembre de 1968. Tengo 8 años y mi familia y yo venimos de pasar muchos meses damnificados, tras el terremoto de julio de 1967. Estoy con mis hermanos, esperando ansiosos el regreso a casa de mis padres. En aquel tiempo, se votaba con dos tarjetas, la grande para Presidente y la pequeña para el Parlamento, identificadas de manera más evidente por sus colores. Se votaba blanco, verde, morado… Mis padres nos habían prometido traer de vuelta el sobre con todas las tarjetas que no habían utilizado. De esa manera podríamos saber por cuál partido habían sufragado. Había, en aquellos instantes, algo de juego, de barajitas desordenadas sobre una mesa; pero también una rara emoción, la certeza de que el voto era algo de gente grande, algo que diferenciaba pero que también unía, otra manera de dibujar el mapa.

Recuerdo esa primera vez y, sin embargo, no tengo memoria de las siguientes. Hasta que cumplí 18 años y por fin llegó el momento de votar. En esas primeras oportunidades, siempre tuve más resistencias que entusiasmos. Una terca fascinación abstencionista me tentaba. Sentía que el voto era una ceremonia conservadora, un protocolo sin poder real, tan inútil y carente de sentido como escuchar el Himno Nacional a las 12:00 del mediodía. Porque sí. Porque eran las 12:00 del mediodía. Porque así lo mandaba la ley.

Ahora me pregunto por qué, en esos años, no logré nunca ponderar justamente el valor de esa diversidad que llamamos elecciones. Porque de todos modos cumplía con mi deber y votaba. Y encima votaba para que David Nieves se convirtiera en diputado y pudiera así obtener la inmunidad parlamentaria y salir de la cárcel. Ejercía entonces una diversidad radical, capaz incluso de contradecir y combatir otras reglas del sistema, otros dictámenes del Estado. No es fácil vivir y valorar la democracia. Por suerte, uno siempre puede aprender.

El escritor Amos Oz, quien convirtió la tolerancia en utopía, reivindicaba con frecuencia la expresión “llegar a un acuerdo”. Decía que era un sinónimo de la palabra vida. Que lo contrario a negociar es la muerte. Así de simple se escribe la democracia. “Llevo –señalaba Oz, proponiendo un símil entre la convivencia social y el matrimonio– 42 años casado con la misma mujer, así que algo sé de acuerdos”. Es cierto. Finalmente, la vida en común, celebrar y soportar al otro, comprometerse y negociar con el otro, es la primera experiencia política que tenemos. 2 cepillos de dientes distintos, compartiendo juntos un mismo baño, son tan importantes como estudiar Moral y Cívica en la secundaria.

Más allá del resultado del día de hoy, quizás ése sea el desafío prioritario que tiene ahora el país. Reconocer y aceptar al otro. Tan distinto y, a la vez, tan igual a mí. Con los mismos derechos, con las mismas posibilidades. Con la misma legitimidad. Votar es un acto de afirmación personal pero también es un acto de reconocimiento colectivo. Votar no es eliminar o desaparecer al otro sino, por el contrario, integrarse con él, asumirlo como parte fundamental del complejo nosotros. Esa es la importancia, la dignidad y el valor de este domingo. Ni modo. Terminé escribiendo sobre lo mismo. Quizás no queda otra posibilidad. Hoy, Chejov y las almendras forman parte de otra fiesta.