• Caracas (Venezuela)

Adriana Villanueva

Al instante

En la brega por el “Esteifri”

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Hace unos años impulsaron por el canal del Estado el proyecto de unas toallas sanitarias ecológicas, pañitos que las mujeres podríamos usar una y otra vez porque resistían varias lavadas. Semejante producto fue considerado hasta por las más ardientes ambientalistas como una vuelta al tiempo de las abuelas. Las toallas sanitarias ecológicas no prosperaron quedando sepultadas en el panteón de las no tan buenas ideas de la economía endógena.  

Ante la actual crisis de toallas sanitarias en la Venezuela de Maduro, ¿qué habrá sido de sus promotoras? Porque quienes fueron objeto de burlitas hace no tantos años, resultaron tremendas visionarias: qué mujer hoy en Venezuela, que puntualmente reciba “la visita”, no se conformaría aunque fuera con tres de esas toallitas ecológicas de las que tanto nos burlamos. 

Lejanos aquellos años en los que una llamaba al marido a pedirle que pasara por la farmacia y comprara toallas sanitarias: “Tú sabes, las que yo uso”. Los pobres infelices siempre traían la que no era, porque cómo se le podía pedir a un hombre dominar términos como flujo abundante, protección nocturna, malla sec, sin aroma, con alitas/sin alitas…  

Hasta hace un par de años tampones y toallas sanitarias de todas las marcas y gustos se conseguían en cualquier farmacia venezolana, de pronto desaparecieron como el azúcar, la leche y el arroz, y hacen apariciones tan esporádicas como las de un cometa. Cualquier mujer a quien le venga la regla y deba salir a comprar protección, sería capaz de aplicar una de mujer al borde de un ataque de histeria porque si tiene suerte de conseguirlos, ni que llegue con sangre corriéndole por entre las piernas como a Carrie en la película de Brian De Palma, se los venderían si no le corresponde por número de cédula. 

Intentaron sincerar los precios de las toallas sanitarias con los del mercado internacional, pero tras el cálculo de que una mujer con salario mínimo requeriría 10% de su sueldo para comprar toallas sanitarias, el gobierno como que decidió que por lo menos en este rubro menos daño hacía la escasez que la inflación. 

Hace poco pasé frente a una farmacia donde acababan de llegar toallas sanitarias y ¡alabado sea Dios! no las vendían por número de cédula. Del tipo de toallas que se las habría lanzado por la cabeza a mi marido porque a quién se le ocurre: toallas posparto, del tamaño de unos pañales para adultos. 

Pero uno de los grandes logros revolucionarios es que los venezolanos hemos aprendido a conformarnos con “eso es lo que hay”. Hombres y mujeres se llevaban felices su ración permitida: cuatro paquetes de diez que no alcanzan ni para dos meses en una familia de tres mujeres. En la cola para pagar una pareja se llevaba ocho paquetes, habría sido fácil llamarlos acaparadores de no oír su conversación: algunos de esos paquetes estaban destinados a amigas que en momentos difíciles le habían prestado a la señora toallas sanitarias, con la condición de que se las repusieran. 

Las toallas sanitarias posparto no fueron mala compra, a pesar de ser incómodas y costosas, con una tijera pudimos dividirlas en dos. Con esas toallas mis hijas y yo sobrevivimos un par de meses en esta economía de guerra. 

Te das cuenta de que vives en economía de guerra cuando sales unos días fuera de Venezuela y tus hijas te llaman para que les traigas toallas sanitarias, que en Caracas no se consiguen ni debajo de las piedras. Compré 3 paquetes de 40 unidades para pasar el resto del año menstruando sin sobresaltos, cuando los fui a pagar la señora de la caja me vio con cara de lástima, de esta pobre señora debe tener tremenda hemorragia. 

Dicen que a menos que se esté buscando un bebé lo único peor a que te venga la regla, es que no te venga. En el año 2015, era de Maduro, ese ya no es mi caso, todas las noches a mis oraciones se une un ruego: menopausia ven a mí.