• Caracas (Venezuela)

Adriana Villanueva

Al instante

El bojotico

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Pensé que eso de hacer compras según el terminal de la cédula no era conmigo, es decir, no era con aquellos que compramos en las cadenas de supermercados comerciales. Inocente de mí, supuse que eso de comprar productos en escasez  según el terminal de la cédula solo se aplicaría en las redes de mercados populares estatales. Por eso me tomó por sorpresa cuando el pasado lunes haciendo compras en un supermercado en La Florida, el charcutero me dijo:

—Aproveche que llegó carne.

No me iba a pelar ese boche, en Semana Santa que estuve en Margarita la dieta fue a base de chuletas y pasta porque no se conseguía ni pollo ni carne y el pescado en Venezuela es un verdadero lujo hasta en la isla. El regreso a Caracas la encontré tan desprovista de proteína animal como Margarita, por eso cuando el charcutero del Luvebras me pasó el dato, maravillada que frente a la carnicería no se veía casi gente, ya iba a dejar el pavo ahumado de lado para hacerme de un buen bisteck cuando el charcutero me advirtió: “Eso sí, como hoy es lunes solo le dan carne si el terminal de su cédula es 00 o 01”.

—¿Cómo es la cosa?

 El charcutero se me quedó viendo con cara de en qué país vive usted, comprar los productos en escasez según el terminal de la cédula estaba implementado desde hace semanas en la mayoría de las redes comerciales, así que mientras el buen hombre me arreglaba en una bandeja queso blanco de búfalo porque tipo Paisa hace tiempo que no llega, me fui a buscar por los pasillos del mercado a mi hija Isabel, quien me acompañaba esa tarde. 

Hasta que por fin la encontré: “Rápido, ¿cuál es el terminal de tu cédula?”.

—01.

—¡Bingo! Ponte en la cola para comprar carne.

Isabel me miró petrificada, como buena universitaria no está en la nota de hacer cola a menos que sea para entrar en un concierto de Rock. Se mostró aliviada cuando se dio cuenta que delante de ella en la carnicería no había más de cuatro personas.

Isabel regresó a los pocos segundos: 

—¿Qué pasó?.

—Mostré mi cédula y esto fue lo que me dieron— me entregó un bojotico— lo llaman el combo.

Al abrir el combo para saber en qué consistía el racionamiento de carne de una vez a la semana para un venezolano cualquiera, me entró una terrible ansiedad de país porque lo que saqué fue menos de un kilo de costilla de res, 700 gramos de carne molida, y dos bistecks supuestamente de ganso.

Y ya está. Nadie tenía derecho de pedir más, eso es lo que hay.

Lo que más ansiedad de país me dio fue que una señora, al ver el botín de mi hija, aprobó en voz alta.

—Me parece bien vender carne según el terminal de la cédula, así no tenemos que hacer tanta cola.

Oír ese suspiro conformista para mi fue peor que si la doña hubiese levantado el puño y exclamado: “¡Así, así, así es que se gobierna!”.

No me pude quedar callada:

—Cómo le va a parecer bien, ¿será que en Venezuela ya nos acostumbramos a vivir cada vez peor? ¿A que nos regulen las compras a un día a la semana? ¿A que la definición de suerte sea que el día que te toque comprar por cédula,  te entreguen un bojotico de carne que no rinde ni unos días para una familia más o menos grande?

La señora me contestó sin ánimos de hacer política, más bien como consejo de posguerra: “Pique los bistecs en pedacitos para que rindan”. 

Y así es, nos vamos acostumbrando a vivir en un país de economía  revolucionaria. Ese lunes de terminal de cédula número 00 y 01, Isabel salió del Luvebras con su bojotico de carne, pero no encontró ni leche, ni azúcar, ni café ni ningún tipo de jabón… solo lo que va quedando de país.

 

adrianavillanuevag@gmail.com