• Caracas (Venezuela)

Adriana Villanueva

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Adriana Villanueva

Cuando sólo quede censura

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Uno de los momentos más impactantes de la película chilena No (Pablo Larraín, 2012) es cuando, tras quince años de férrea censura, ante la presión internacional, el gobierno del general Augusto Pinochet cede a someterse a un referéndum revocatorio pensando que al hacerlo desde el poder no había formar de perder. Para darle un viso de legitimidad a este referéndum, la dictadura permite que la oposición disponga de 15 minutos todas las noches para hacer campaña por el No a Pinochet. El momento impactante al que me refiero es cuando un veterano periodista saluda al pueblo chileno con algo así como: “Buenas noches, por primera vez en quince años la oposición tiene abierto un espacio televisivo donde opinar, después de este proceso electoral, no sabremos si lo volveremos a tener”.

Esta primera voz de la disidencia, que se deja oír en tres lustros en el Chile de Pinochet, hoy impacta tanto a los venezolanos porque vemos en peligro la única rendija que todavía queda abierta a la disidencia en la televisión: el canal de noticias Globovisión, un canal que no hay que ser adicto a él, ni siquiera tiene que gustarnos, para saber que es necesario que siga al aire si se quiere aspirar a que en Venezuela quede un vestigio de eso que llaman libertad de expresión.

Durante los catorce años que duró la era de Chávez en el poder, al canal de noticias se le fustigó de diversas maneras: con multas, ejerciendo presión para que no tuvieran casi pautas publicitarias, mandándoles hordas amedrentadoras que exigían respeto a la lucha del pueblo revolucionario.

Pero mal que bien Globovisión legitimaba al gobierno del presidente Chávez, que tenía el control de todas las instituciones que velan, precisamente, porque las democracias no se vuelvan dictaduras. Mientras el Gobierno tuviera a Globovisión, a la cual echarle la culpa de cualquier “canalla mediática”, y los venezolanos con servicio de televisión por cable supiéramos que podíamos llegar a las 6:00 de la tarde a casa y ahí nos estaría esperando el ciudadano Leopoldo Castillo con alguno de sus invitados denunciando la última patraña oficialista, en Venezuela todavía no se podía hablar de dictadura, en todo caso de autoritarismo, porque, para qué negarlo, el presidente Chávez era un líder fuera de serie y se podía dar el lujo de que en medio del abuso de poder revolucionario quedara, como en Asterix, un pequeño foco rebelde sobreviviente a los embates del poder.

¿Qué pasa cuando súbitamente falta ese carismático liderazgo al proceso autoritario? Sólo queda la censura y la represión. Al negársele a Globovisión formar parte de la red digital se le condenó a una muerte lenta pero segura; la única manera de apostar por la supervivencia del canal fue cambiando de propietarios, y en ese proceso están. Pero en este momento en que está en el poder un presidente sin el carisma de quien llama “su padre”, acusado de ganar unas elecciones viciadas y en proceso de impugnación, ante una Asamblea donde no sólo se le impide el derecho de palabra, sino que también se agrade físicamente a la voz opositora; ante un Ministerio de Información cuyo único medio para imponer su verdad es a punta de cadenas, al diablo la libertad de expresión, la única verdad posible es la verdad oficial. En momentos como estos a un gobierno espurio sólo le queda el camino de la censura.

(Terminando de escribir esta crónica me entero de que Vladimir Villegas será el nuevo director de Globovisión, interesante movida que le da un nuevo aliento al canal en terapia intensiva).