• Caracas (Venezuela)

Adriana Villanueva

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Adriana Villanueva

La vaca

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Los mercados populares Día a Día son tan populares que muy pocos venezolanos de los que viven en urbanizaciones y anuncian el fin de los tiempos revolucionarios por Twitter han entrado a uno de estos “practimercados”. 36 tiendas en 6 estados de Venezuela. Competencia directa y eficaz de los mercaditos de Pdval y Mercal, solo que los Día a Día solían estar bien surtidos –en medio de lo que se puede estar bien surtido en estos tiempos de escasez– mientras los abastos populares del Estado hace tiempo que están pelados. Día a Día era un negocio de alto riesgo en una Venezuela donde no se le puede hacer sombra a un régimen inepto. 

A comienzos de esta semana el impuesto jefe del Gobierno del Distrito Capital, Ernesto Villegas, entró cual intrépido general de las tropas zamoranas a los depósitos de Día a Día y, ¡oh escándalo!, encontró inventario. Porque hoy en Venezuela se le llama acaparamiento a tener el lógico inventario para surtir 36 locales a lo largo del país. Villegas tuiteó un dossier de fotos con bultos de productos regulados, testimonio de la supuesta guerra económica contra esta maravilla de gobierno. 

Pan para hoy, hambre para mañana porque así estaremos de mal que hasta el ex ministro de Economía y Finanzas de este sueño revolucionario, Jorge Giordani, declaró que en Venezuela hoy somos “casi el hazmerreír de Latinoamérica”. ¡No lo vamos a ser! Tratando de salvar un naufragio solo poniendo curitas rojas: penalizado tener inventario, penalizado los estantes vacíos, penalizado tomar fotos que muestren la actual escasez, penalizado quejarse en las colas, penalizando las colas fuera de los locales, penalizando una caja registradora inoperante...  

Por lo visto, la solución a esta guerra económica no es incentivar la industria y la producción, sino penalizar, penalizar y penalizar. 

Leyendo en la prensa sobre el saqueo oficialista de los depósitos de Día a Día pensé en una vaca, una vaca querida y cuidada por su propietario, quien la ordeña diariamente para vender la leche entre los vecinos, hasta que un día llega una partida de malandros con poder proclamando que la vaca será liberada del yugo capitalista, señalando a su propietario como explotador, acusándolo de estar traficando con la leche de la vaquita para sacar beneficio de las necesidades del pueblo, implicando que no la pone a producir como debería estar produciendo, que esto no puede seguir así, y se llevan a la vaca, y no la cuidan bien, y le sacan leche hasta que la secan, y cuando solo quede el pellejo de la pobre vaca y de ella no salga ni una gota de leche, la dejarán morir de mengua antes de repartirse el cuero y la osamenta. 

Pierde la vaca, pierde el dueño de la vaca, pierden quienes consumían la leche de la vaca, por un momento se benefician quienes se llevaron la vaca, y al final solo queda la nada.