• Caracas (Venezuela)

Adolfo Taylhardat

Al instante

Ni tango ni samba, ¡twist!

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Durante su reciente visita a España el vicepresidente de Brasil, Michel Temer, se manifestó dispuesto a contribuir a “un entendimiento entre España y Venezuela, tras los desencuentros políticos de ambos países”.

El ministro de Relaciones Exteriores de España, José Manuel García-Margallo, acogió favorablemente el ofrecimiento señalando que “el tango necesita de dos para ser bailado”, refiriéndose a que es necesario que Venezuela, o mejor dicho, el ilegítimo, esté dispuesto a bailar. El vicepresidente brasileño respondió que en su país, en esos casos, lo que bailan es samba.

Yo creo que en este caso lo que se debe bailar es twist, ese baile que estuvo muy de moda en los años sesenta que consistía en que las parejas torcían las caderas al ritmo de la música.

Además de torcer, la palabra twist significa doblegar, y esto es precisamente lo que hace falta, doblegar la soberbia, la vanidad del ilegítimo. Su predecesor se creía el guapo del barrio, de la región, y tenía a sus colegas gobernantes suramericanos intimidados y amordazados con el bozal de petrodólares. El ilegítimo asumió la misma conducta con la diferencia de que su fanfarronería, su bravuconería se extiende más allá del océano para agredir con su discurso patán e insolente a personalidades honorables como los expresidentes del gobierno español Felipe González y José María Aznar, a las Cortes (Senado español), al actual presidente del gobierno español, Mariano Rajoy y a la propia España.

Ni en los momentos más calientes de la Guerra Fría (valga la paradoja), ni en las épocas más violentas de la revolución cubana, ni en las dictaduras más cruentas del mundo, entre ellas la de Mugabe, se han escuchado insultos, improperios como los que ha empleado el ilegítimo contra la madre patria. En su lenguaje soez llegó al extremo de invocar la madre de los senadores españoles. “Se acabó Rajoy, tus abusos. Que lo sepa España entera. Que las Cortes vayan a opinar de su madre pero no opinen de Venezuela. Ya basta. Corte de España abusadora, élite corrupta”.

Y todo porque España y los españoles se han solidarizado con nosotros, los venezolanos, que somos víctimas de los atropellos y abusos de un régimen impío y exigen la libertad de Leopoldo López, Antonio Ledezma, Daniel Ceballos y los cientos de jóvenes que permanecen en las cárceles de la dictadura. El ilegítimo se considera con derecho de agredir, ofender, agraviar a quien le viene en gana, pero no acepta que le enrostren las violaciones de los derechos humanos ni la asquerosa corrupción de su régimen. A él y a los suyos, ni con el pétalo de una rosa. En cambio, él y los suyos agreden con su garrote verbal a quien se atreve a criticarlo o exige el fin de esta pesadilla que vivimos día a día.

Siguiendo los pasos de su fenecido padre putativo y tutor, acompaña los insultos con amenazas. “Analicemos la agresión de que estamos siendo víctima los venezolanos y nuestra patria por parte de élites corruptas de España y preparemos un conjunto de respuestas integrales, diplomáticas, políticas, populares, sociales, mediáticas, económicas, de todo tipo”.

Aseguró que anunciará “una serie de medidas y decisiones en relación con España”.

¿Cuáles serán esas medidas? ¿Va a expulsar del país a los pocos visitantes, turistas y empresarios españoles que están aquí o a la gran masa de ciudadanos de origen español o descendientes de españoles que son tan venezolanos como cualquier otro venezolano? ¿Va a expropiar (léase expoliar, robar) las empresas españolas que hay en el país? Su soberbia puede llevarlo a cometer semejantes tropelías sin medir sus consecuencias.

Al parecer, en las últimas horas el ilegítimo ha comenzado a recular. “Ayer hubo una declaración del gobierno español que dice que está dispuesto a tener buenas relaciones con el gobierno legítimo, constitucional, bolivariano, revolucionario que yo presido y le digo: bienvenido, tengamos buenas relaciones, pero con base en el respeto”.

Pero lo que blandía no era una rama de olivo sino un espino. Propuso estrechar la mano de Mariano Rajoy pero a su manera, exigiendo respeto como si no fuera él quien ha sido irrespetuoso.

“Pronto nos vamos a ver en la Cumbre América Latina-Europa (¿?), Rajoy. Espero no tener que llegar con las lanzas (¿coloradas?) a Europa, porque vas a ser derrotado, vas a quedar aislado frente a Venezuela, frente a América Latina y el Caribe. Aquí está mi mano, Rajoy, tómala. Con respeto todo se puede”. “Con toda España queremos la mejor relación. Vamos a respetarnos. ¿Por qué tenemos que volver a épocas de irrespeto, verdad? ¿Por qué la élite de España no hace una reflexión a fondo y rectifica?”. “Nosotros no vamos aceptar que se metan en nuestra patria sagrada. Seríamos unos cobardes si dejáramos que así fuera”. “Si no nos respetan, somos los guerreros de Bolívar. España, España, España. Rajoy, Rajoy, Rajoy. Olé, olé, olé. Respeta para que te respeten, Rajoy. Si quieres mi mano, la tiendo”.

¡Tamaña hipocresía! Merece un lugar en el libro Guinness del cinismo,

Como fiel devoto de la diplomacia, a la cual dediqué prácticamente mi vida, soy firme creyente en la efectividad de los medios de solución de conflictos que ofrece el derecho internacional. Sin embargo, considero que en la situación venezolana no hay lugar para la mediación y mucho menos para el diálogo. Como dijeron el canciller español y el vicepresidente brasileño, para bailar hace falta una pareja dispuesta a participar acompasando el ritmo y la música. Pero el ilegítimo solo acepta que bailen al son que él quiere imponer aun pisándole los callos a la pareja.

Lo que se necesita urgentemente es un compromiso solemne de los países amigos y de la comunidad internacional con las  elecciones parlamentarias venezolanas antes, durante y después. Antes para impedir que el régimen interfiera en su celebración. Durante para impedir que, como en el pasado, se adulteren los resultados. Después para contribuir a la consolidación del nuevo orden que emergerá de esos comicios. Ya se han producido declaraciones en ese sentido, pero hay que intensificar la presión.

 

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