• Caracas (Venezuela)

Adolfo Taylhardat

Al instante

“El silencio ya pasa de la prudencia a la complicidad”

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La frase que sirve de título a este artículo no es mía, es del expresidente de Bolivia Jorge Quiroga, y la uso porque la considero lapidaria y encierra todo lo que sentimos los venezolanos en estos momentos. Inicialmente había pensado poner como título: “El silencio de los borregos”, pero podrían tildarme de plagiario porque hay un film que se llama El silencio de los corderos y además algunos podrían sentirse ofendidos.

Lo cierto es que resulta vergonzante la actitud de los presidentes de América Latina y el Caribe, que son incapaces de levantar su voz para condenar los atropellos de toda índole que comete el ilegítimo.

A esos presidentes le hicieron mella, le rodaron, los llamados que les dirigieron varios expresidentes y diversas instituciones para que rompieran su silencio respecto de la grave situación que confronta nuestro país y para que exigieran la libertad de Leopoldo López, Antonio Ledezma, Daniel Ceballos y todos los demás presos políticos que el régimen mantiene en ergástula.

“Quienes tenemos la libertad de hablar debemos usarla. Hagamos valer nuestra voz en todos los ámbitos” (Felipe Calderón). “Es enormemente preocupante lo que ocurre en Venezuela, sobre todo para un país que vivió lo que viven hoy los venezolanos” (Rodolfo Nin Novoa, canciller de Uruguay). “Más allá de las diferencias ideológicas y de las retóricas oficiales sobre injerencias incómodas y soberanías nacionales, la violación de las libertades debe ser denunciada por todos –gobernantes y gobernados– sin censura, ni límites ni fronteras” (Sociedad Interamericana de Prensa SIP). “Son insuficientes los esfuerzos de Unasur por mediar en Venezuela” (Felipe González). “Alguien que es demócrata no puede tolerar que este tema de diplomacias y cortesías sin límite, permitan que jóvenes sean encarcelados o permitan que derechos fundamentales sean violados”…. “A veces me pregunto dónde están esos gobiernos que creen en la democracia”… “La OEA debería alzar su voz ante la situación que atraviesa Venezuela” (Vicente Fox). “La cuestión democrática tiene que volver a ponerse en primera plana en la región y especialmente en Venezuela” (Fernando Henrique Cardoso”). “El silencio es cómplice. Nuestros gobiernos no han estado a la altura de las circunstancias con Venezuela, cuando en otro momento de debilidad institucional corrieron rápidamente a suspender a Paraguay del Mercosur” (Luis Alberto Lacalle).

Nadie esperaba que de la Cumbre de las Américas saliera un pronunciamiento conjunto sobre la situación venezolana. Ese tema no estaba en la agenda. Pero “extramuros”, fuera de la Cumbre, los presidentes latinoamericanos han podido haber condenado lo que ocurre en nuestro país, particularmente la persecución y las arbitrariedades contra figuras políticas, la prisión arbitraria, ilegal e inmoral de Leopoldo López, Antonio Ledezma, Daniel Ceballos y todos los demás presos políticos. Tuvieron ocasión de hacerlo en las entrevistas que les hicieron los medios, principalmente CNN. A las preguntas directas que les hizo Fernando del Rincón respondieron saliéndose por la tangente, atrincherándose en la exigencia del diálogo. Ninguno fue capaz de decir “estoy muy preocupado por las violaciones de la legalidad democrática y de los derechos humanos de que son víctimas los venezolanos y el país como tal”. Han podido abogar por la libertad de los presos políticos, por el respeto a la división de los poderes públicos y la situación de ausencia de autonomía e independencia de esos poderes. Han podido manifestar su decidido apoyo a las elecciones parlamentarias y su esperanza de que se desarrollen sin abusos de poder, con entera libertad y bajo una observación internacional independiente.

Han podido expresar su coincidencia con la Declaración de Panamá emitida por 26 expresidentes latinoamericanos, un documento serio, objetivo, responsable, que debería servir de guía a los gobernantes en ejercicio.

Lo que presenciamos, en cambio, fue una sucesión de denuncias contra la orden ejecutiva dictada por el presidente Obama que impuso sanciones a un grupo de venezolanos corruptos y violadores de los derechos humanos. Todos a una pidieron al gobernante norteamericano que derogara dicha orden ejecutiva. Esos presidentes debían saber, tenían que ser conscientes de que esa petición sería ignorada. Pero, aun corriendo el riesgo de quedar en ridículo cumplieron a ojos cerrados la consigna, el mandato, la orden que les había impartido el capataz ignorante que gobierna en Venezuela.

Lo que ocurrió fue que, como dicen vulgarmente, “se chorreó”. Así describe el propio ilegítimo la escena: “Nos dimos la mano, yo dije, tiendo mi mano, iba con mi mano y de pronto vi la mano de él y se la tomé. Con afecto, como somos nosotros. Le dije, presidente Obama, yo no soy enemigo de los Estados Unidos ni mi pueblo es enemigo de los Estados Unidos, ni nuestro comandante Chávez jamás fue enemigo de los Estados Unidos”.

¡Menos mal! ¡Cuánto cinismo, cuánta hipocresía! Y encima tiene la desvergüenza de decir: “Hemos tenido un encuentro, breve, de unos 10 minutos, aquí mismo en este lugar, y hemos conversado. Ha sido un encuentro serio, franco, nos dijimos las verdades, y yo diría que inclusive cordial”.

Encima de todo tiene el desparpajo de decir: “Es necesario despejar toda la oscurana que se ha montado por allí alrededor de ese decreto”. He buscado la palabra “oscurana” en el DRAE y no aparece. Sin embargo, si en su léxico oscurana significa enredo, maquinación, maniobra, ¿quién montó la oscurana?

Por cierto, ¿qué paso con los 10 millones de firmas (14 millones, según las última cifra del ilegítimo), en su mayoría apócrifas, ficticias, inventadas, falsas, o extraídas mediante extorsión? ¿No se las iba a entregar  Obama apenas lo viera?