• Caracas (Venezuela)

Adolfo Taylhardat

Al instante

¿No era su nuevo mejor amigo?

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Odio, torpeza estupidez, crueldad, alevosía. Todo eso, y mucho más está presente en la animalada (con el perdón de quienes protegen los animales y se ofenden por una expresión como esa) que ha cometido el ilegítimo con el cierre de la frontera binacional en el estado Táchira.

El cierre de una frontera es una medida extrema que se adopta en casos de auténtico peligro de que estalle un conflicto militar con un Estado vecino. Sus consecuencias son, por lo general graves, e inevitablemente dejan una cicatriz imborrable en la población del país agraviado así su gobierno haya manejado el caso con prudencia como lo ha hecho Juan Manuel Santos.

El motivo que supuestamente originó esa atrocidad es sumamente confuso. Lo único cierto es que varios militares resultaron heridos en un intercambio de disparos, pero no está claro quién o quiénes fueron los autores. El régimen recurre al consabido expediente de atribuírselo a unos “paracos” y segura que ya capturó a algunos de ellos y tiene identificados a los demás. Otra versión asegura que fue un enfrentamiento entre miembros de dos alas del Cártel del Soles, es decir, dos bandas rivales de narcomilitares que se disputaban un botín. Todo parece indicar que la segunda versión es verosímil y está soportada con testimonios presenciales, mientras que la  primera versión es simplemente un subterfugio para encubrir la verdad verdadera que nunca se sabrá. Existe, evidentemente, una competencia entre el Ejército y la Guardia Nacional por los beneficios del contrabando y el gobierno se hace la vista gorda porque es cómplice.

Los atroces atropellos cometidos contra los habitantes de la zona son solo comparables con los que aplicaba el nazismo, la persecución de colombianos se parece a la campaña de “blanqueo étnico” contra los no musulmanes que tuvo lugar durante la Guerra de los Balcanes, la demolición de viviendas parece estar inspirada en la política similar aplicada por Israel a los palestinos en represalia por sus actos de terrorismo. Pero lo más grave y doloroso es la medida de retener a los niños nacidos en Venezuela arrancándoselos a sus padres, tal como ocurría también bajo la satrapía hitleriana.

Los relatos de las víctimas, la descripción de los atropellos, vejaciones, violaciones, robos y hasta ejecuciones cometidos por la fuerza militar contra los colombianos radicados en este lado de la frontera son espeluznantes. Hay quienes aseguran que los autores de esos hechos no son venezolanos, que son gorilas cubanos importados. No me extrañaría que fuera cierto. El ensañamiento, el salvajismo, la barbarie, la sevicia colectivos con que actúan los efectivos militares contra los pobladores en la frontera nunca se vio antes en nuestro país, ni siquiera bajo las dictaduras más sanguinarias que ha soportado Venezuela. No distingue entre niños, jóvenes, adultos o ancianos, mujeres u hombres. Simplemente actúan ciegamente para cumplir la tarea que les han encomendado.

La pregunta que se hace todo el mundo es: ¿qué persigue el ilegítimo con esa razia anticolombiana? Las respuestas son muchas y todas son válidas: ocultar el desastre que reina en Venezuela; crear condiciones para someter todo el territorio nacional a un estado de emergencia similar al impuesto en la frontera; distraer la atención de la ciudadanía de los problemas de inseguridad, desabastecimiento, insalubridad, empobrecimiento general, aniquilación de la clase media; proteger las mafias corruptas de traficantes de drogas que desangran el país; generar condiciones para postergar o suspender las elecciones legislativas; el desespero ante la posibilidad, o más bien la certeza, de que en los comicios legislativos la oposición desplazará al oficialismo y se dará inicio a una etapa de cambio.

Todo eso forma parte del coctel que mantiene embriagados al ilegítimo y todos sus incondicionales que viven bajo el terror de que se acerca la hora en que tendrán que rendir cuenta del mayor crimen que se puede cometer: convertir un país privilegiado por Dios y la naturaleza en una piltrafa vergonzante que, de ser un modelo para otros, se ha convertido en el hazmerreír de la comunidad internacional, un país que era motivo de envidia hoy lo que inspira es lástima y bochorno. Cuando viajamos al exterior constantemente recibimos expresiones de condolencia: “Lo sentimos mucho por su país”. Es realmente triste que un país maravilloso se encuentre en una situación de postración como la que vivimos.

En el fondo, lo que mueve al ilegitimo es envidia hacia Colombia, frustración porque ni él su padre putativo, el dictador que lo precedió y lo puso en el lugar donde está, pudieron minar a Colombia con el socialismo trasnochado y caduco que ha servido para destruir a Venezuela mientras, por el contrario, el vecino país mantiene un ritmo de progreso y desarrollo constante.

Los cuentos chinos de guerra económica, conspiraciones, subversión, o agresiones provenientes de Colombia o de Estados Unidos, los planes de magnicidio, la supuesta connivencia de figuras políticas venezolanas con personalidades de la política norteamericana y colombiana ya no los cree nadie, pero siguen utilizando ese subterfugio porque piensan que todos los venezolanos somos lerdos, tarados y  deficientes como ellos.

Razón tiene el ex presidente Gaviria de proponer el retiro de su país de esa entelequia que llaman Unasur, un instrumento inventado por el fenecido dictador y su compinche Lula para proteger sus regímenes corruptos. Razón tiene también al enrostrar al secretario de esa organización, Ernesto Samper, por su camaleonismo ante la crisis colombo-venezolana. Creo también que el procurador general de Colombia tiene razón cuando califica la conducta del régimen madurista como un crimen de lesa humanidad y anuncia que presentará una denuncia ante el Tribunal Penal Internacional en La Haya. De la misma mantera apoyo la iniciativa del ex presidente Uribe de denunciar al gobierno venezolano ante la CIDH por todos los atropellos y violaciones de los derechos humanos cometidos contra los colombianos en la frontera.

Sabemos que todo eso “le rueda”, como dicen, al ilegítimo, pero contribuye a mostrar a la comunidad la ralea de gobernante que en mala hora tenemos.

Ahora el ilegítimo ha ordenado que se haga una “revisión” a fondo de las relaciones con Colombia. ¿Qué significa eso? No es la primera vez que se anuncia que las relaciones con otro país van a ser “revisadas”. Esto pareciera confirmar que las relaciones de Venezuela con otros países han andado a la deriva, sin orientación ni objetivos. Improvisación pura y simple. El cierre de la frontera lo demuestra.

Por último. ¿Qué significa ese viaje repentino a China y Vietnam en plena crisis bilateral? ¿Se fue? ¿Lo fueron?