• Caracas (Venezuela)

Adolfo Taylhardat

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Adolfo Taylhardat

¿Quiénes son los injerencistas?

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El ilegítimo ha calificado de “injerencista” la orden ejecutiva dictada por el presidente Obama mediante la cual impone sanciones a una serie de venezolanos incursos en graves violaciones de los derechos humanos y en actos de corrupción.

Como es sabido, las medidas dictadas por el gobierno norteamericano se ajustan a la legislación interna de ese país. Si bien es cierto que los sujetos pasivos de las mismas son nacionales venezolanos, su aplicación se circunscribe al ámbito interno, al territorio de Estados Unidos. En ningún caso trascienden las fronteras de ese país. Se trata concretamente de la anulación de las visas de ingreso que hubieran sido otorgadas, de la prohibición de otorgar visas a cualquiera de los sancionados, de medidas de congelación de las cuentas bancarias de esos personaje, de la prohibición a los ciudadanos norteamericanos de efectuar operaciones comerciales, transacciones financieras o similares con las personas a quienes le han sido impuestas las sanciones, etc.

Evidentemente, el ilegítimo y sus acólitos utilizan la acusación de injerencia como parte de su retórica antinorteamericana, como un recurso para tratar de aglutinar apoyo interno en medio de una creciente ola de descrédito y para forzar la solidaridad de gobiernos que de una manera u otra son  petrodólar-dependientes por obra y gracia de la munificencia del difunto dictador y su sucesor.

Exigir a un gobernante que dé marcha atrás y deje sin efecto un decreto ejecutivo porque es supuestamente injerencista evidentemente sí configura  una verdadera grotesca intromisión en los asuntos internos de un país.

Es comprensible que en medio de su ignorancia del derecho internacional –a pesar de su pasantía por la Cancillería– el ilegítimo se empeñe en acusar de injerencista al presidente Obama, pero lo que resulta insólito es que los gobiernos de la región (con unas pocas honrosas excepciones) hayan comprado o asimilado la tesis de la injerencia. Es realmente grave que esos gobiernos se hayan alineado con el ilegítimo llegando al extremo de asumir como propias la conducta injerencista del susodicho cuando emplaza al presidente Obama a derogar su orden ejecutiva.

Los gobiernos miembros de Unasur emitieron una declaración en la cual manifestaron su rechazo a la medida de Estados Unidos, que calificaron de “amenaza injerencista a la soberanía y al principio de no intervención” en los asuntos de otros Estados.

Con esta declaración los gobiernos de Unasur desdeñan el derecho internacional y adoptan como propio un disparate inventado por los genios del chavismo simplemente para hostigar al “imperio”. No fue ninguna sorpresa que la misma escena se repitiera en la reunión que celebró esa entelequia denominada ALBA.

El intento de envolver también a la OEA para que hiciera un pronunciamiento similar resultó, afortunadamente, un fracaso. Digo afortunadamente porque habría resultado trágico que, contrariando su propia carta fundamental, esa organización hubiera emitido un pronunciamiento abiertamente intromisivo en los asuntos internos de un Estado miembro. Eso habría terminado de desprestigiar a la OEA ya suficientemente desacreditada.

La sesión extraordinaria del Consejo Permanente, convocada por solicitud de Venezuela con la finalidad de lograr que la organización se sumara al emplazamiento para que el presidente Obama anule su orden ejecutiva, solo sirvió para mostrar la pobre calidad intelectual de quienes dirigen las relaciones exteriores de nuestro país. La intervención de la canciller venezolana contribuyó a acrecentar el desprestigio del régimen al pretender demostrar que los personajes sancionados por Estados Unidos son inocentes de los actos que se le imputan.

El próximo “round” que tendrá lugar en la Cumbre Iberoamericana, a celebrarse el mes que viene en Panamá, será crucial. Aun cuando el canciller panameño ha dicho insistentemente que el tema de las relaciones Venezuela-Estados Unidos no será tratado en esa reunión, inevitablemente estará presente y se reflejará en los discursos de los mandatarios participantes. No sería extraño que la Cumbre de Panamá resulte un fracaso y sirva para mostrar la ineficiencia de ese tipo de encuentros de jefes de Estado de un continente de desencuentros.