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Adolfo Taylhardat

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Adolfo Taylhardat

La gaffe de Ernesto Samper

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Cuando un diplomático incurre en un error, una imprudencia, en fin, mete la pata, se dice que cometió una “gaffe”.

Es triste que un político experimentado, expresidente de su país, incurra en un desliz como el que acaba de cometer. Aunque más que un desliz parece que fue una acción deliberada.

Conocí (de vista) al presidente Samper cuando acompañé al presidente Pérez a reuniones bilaterales con Colombia. Siempre me pareció un hombre ecuánime, serio y responsable. Esa imagen se me desvaneció con el discurso que pronunció cuando asumió la Secretaría General de Unasur. Aunque veladamente, dejó traslucir su parcialidad hacia el régimen del ilegítimo. Ahora, con una simple frase ha puesto en entredicho su idoneidad para el cargo que desempeña: “Asesinato del joven diputado Robert Serra es una preocupante señal de infiltración del paramilitarismo colombiano”.

Esa afirmación puede tener fundamento. Es de suponer que si lo ha dicho el secretario general de Unasur es porque tiene pruebas o al menos indicios ciertos de ello.

Si hubo infiltración del paramilitarismo colombiano en nuestro país sería porque el gobierno lo permitió o la propició y, en todo caso, porque nuestras fronteras son violadas impunemente. Y si es así es porque los defensores de la soberanía, los soldados de la patria, o son cómplices o simplemente reciben órdenes superiores de permitir esa penetración.

Pero volviendo a Samper, su ligereza le ha valido una merecida recriminación, un auténtico jalón de oreja, de parte de su compatriota y ministra de Relaciones Exteriores, María Ángela Holguín: “Samper debe colaborar con la integración latinoamericana y no dar opiniones sin respaldo de decisiones judiciales (...) las comunicaciones del secretario general de Unasur competen al área de la integración de los países y no a situaciones puntuales”. Agregó que espera que las opiniones de Samper “se limiten al proceso de integración, que es lo que a este organismo de integración realmente compete”.

La canciller Holguín le ha dado al expresidente Samper una magistral lección de diplomacia y una merecida lección acerca de lo que debe ser el papel de un secretario general de Unasur. En dos palabras le ha dicho: no se involucre en cuestiones que son de mi competencia y absténgase de injerir en asuntos que no le atañen.

Pero sigue pendiente el motivo o la razón que indujo a Samper a opinar sobre un asunto tan delicado como el asesinato de Serra, que el ilegítimo ha convertido, de buenas a primeras, en un tema político trascendiendo su verdadera naturaleza de asunto estrictamente policial y judicial.

De hecho, Samper ha quedado involucrado en la maniobra del ilegítimo de atribuir al expresidente Álvaro Uribe complicidad en la autoría de ese crimen horrendo y el empeño de implicar a la “ultraderecha”, léase lo oposición, y a los exilados venezolanos en Miami en la autoría de ese monstruoso hecho.  Ahora acusan directamente de la autoría de ese crimen a Lorent Saleh, el joven venezolano deportado de Colombia por el presidente Juan Manuel Santos y entregado a las garras del régimen que lo mantiene detenido desde entonces. Según voceros del oficialismo supuestamente Saleh controla desde la prisión a los paramilitares que cometieron el asesinato.

¡Ya no hallan qué inventar! Todo esto evidencia un empeño del ilegítimo y de sus secuaces de confundir a la opinión pública y particularmente a la población incauta para tapar el móvil y los eventuales autores del asesinato y también para distraer la preocupación que compartimos todos por el desabastecimiento, la corrupción galopante en las alturas del régimen, el desastre económico que arrastra al país a la quiebra, la inseguridad (por cierto ¿cómo se explica que un personaje del régimen, protegido por cuatro escoltas, y su asistente (¿?) hayan sido asesinados?) y, por último, las desastrosas condiciones de salubridad del país, donde han resurgido enfermedades que habían sido erradicadas y ahora aparece una peste que ha cobrado miles de vidas a pesar de que el régimen pretende esconder el verdadero número de muertos.

No tengo elementos para afirmarlo, no soy detective ni pretendo serlo, pero mi impresión personal es que fue un crimen pasional o una venganza, ejecutado por sicarios pagados por algún personaje vinculado al régimen. El empeño en envolver a la oposición y al expresidente Samper llevan a pensar que hay “gato encerrado”. ¿Por qué el ilegítimo se adelanta a hacer, al voleo, señalamientos de esa naturaleza antes de que se hayan completado las investigaciones policiales? ¿Son un “mensaje subliminal” dirigido a los investigadores acerca de hacia dónde deben orientar sus pesquisas? Repito, es una simple suposición. Además, creo que este caso tendrá el mismo destino que el de Danilo Anderson. Esto me lleva evocar los casos de Eliécer Otaiza, quien fue victimado supuestamente por un grupo de adolescente en condiciones parecidas a las de Serra, y el de William Lara, que falleció en un accidente cuyas circunstancias nunca han sido explicadas suficientemente. ¿Es simple coincidencia que se trate de cuatro personajes vinculados al oficialismo y que el contexto de sus muertes siga en el limbo?

No puedo cerrar este artículo sin hacer llegar a los familiares, afines y correligionarios de Serra mi sentido pésame por esa lamentable pérdida.