• Caracas (Venezuela)

Adolfo Taylhardat

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El caso de Leopoldo López

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La semana pasada el juicio a Leopoldo López fue objeto, una vez más, de postergación por motivos claramente triviales. Primero alegaron que la Guardia Nacional no había querido arriesgarse a trasladarlo al tribunal porque había unos disturbios en la ruta hacia el tribunal. Resulta ridículo que un dispositivo militar de seguridad se inhiba de cumplir una tarea por miedo a un tumulto. Peor aún, una vecina de la zona aseguró en una entrevista radial que eso era totalmente falso, que no había ningún disturbio. Después dijeron que la postergación obedecía a que uno de los abogados de la defensa de un imputado estaba enfermo y no pudo acudir al tribunal.

La posposición de una audiencia o la suspensión de un acto judicial recurriendo a excusas fabricadas de antemano es una táctica que utiliza el régimen sistemáticamente para prolongar los juicios de manera indefinida. Lo vimos en el caso del juicio a Iván Simonovis y los comisarios de la Policía Metropolitana que soportaron esa tortura por más de diez años. El mismo sistema está siendo aplicado en el juicio de Leopoldo López.

Esta forma deliberada de hacer prolongar un proceso judicial es una forma de tortura psicológica. Lo que persigue es “quebrar” la resistencia moral de la víctima, anular su personalidad, disminuir su capacidad mental e intelectual y debilitar su autoestima. Pero la tortura psicológica no se limita a  la víctima. Causa daños profundos en las relaciones entre cónyuges, hijos, padres y otros miembros de la familia y puede afectar las relaciones de la víctima con la sociedad.

En el caso de Leopoldo López, la tortura psicológica va más allá de la frustración que  provoca el engaño y la burla de unas autoridades que se solazan con la maldad. A eso se agrega el tratamiento vejatorio y humillante  a que se encuentra sometido. Justo antes de la fecha de la audiencia de apelación, que debió haberse efectuado la semana pasada, fue objeto por enésima vez de una “requisa” de la celda donde está recluido. Soldados encapuchados irrumpieron en la celda, lo maltrataron, lo amenazaron con sus armas, destruyeron documentos que había preparado para exigir su libertad e intentaron sembrarle teléfonos celulares.

El ilegítimo apátrida ha concentrado toda su crueldad en el caso de Leopoldo. Ninguno de los delincuentes más peligrosos del mundo ha sido objeto de tanto encarnizamiento. Ni Dillinger en Sing Sing fue tratado con tanta sevicia.

Pero el régimen ha fracasado totalmente. Leopoldo se mantiene incólume, integro, con la moral cada vez más sólida. Cada vejamen, cada ultraje que le infligen lo vuelve más firme y seguro en sus convicciones.

Lo mismo hay que decir de su esposa, Lilian, quien ha asumido con todo coraje no solamente las agresiones contra Leopoldo sino también  las  vejaciones contra su persona y contra su pudor que le infligen los degenerados efectivos que custodian la cárcel cuando acude acompañada de sus menores hijos a visitar a su esposo. Lilian, con la frente en alto recorre el mundo clamando justicia en un país donde no existe estado de derecho, donde las autoridades judiciales son instrumentos de la vergonzosa tramoya montada para neutralizar física y políticamente  a un líder político que es temido por su temple, sus principios y sus convicciones.

Cada vez son más numerosas y contundentes las expresiones internacionales de solidaridad con Leopoldo, las denuncias contra un juicio plagado de abusos, de violaciones de las  normas más elementales de procedimiento – comenzando por el debido proceso– y los pedidos a que lo pongan en libertad. Pero esos llamados se estrellan contra la soberbia y la obstinación del ilegítimo apátrida que ha convertido a Leopoldo en un enemigo personal que se empeña en destruir.