• Caracas (Venezuela)

Adolfo Taylhardat

Al instante

Solidaridad y soberbia

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Mucho se ha escrito en estos últimos días acerca de un presunto diálogo entre el oficialismo y la oposición propiciado por el ex presidente del gobierno español José Luis Rodríguez Zapatero con el apoyo de Ernesto Samper y los ex presidentes Leonel Fernández de República Dominicana y Martín Torrijos de Panamá.

La sola insinuación de que se haya entablado tal diálogo ha encendido las alarmas. Lo cierto es que no existe, y en mi opinión no existirá, tal diálogo. Lo que ha habido hasta ahora son encuentros separados entre representantes de la MUD y los cuatro caballeros (Zapatero, Samper, Fernández y Torrijos) y entre representantes del oficialismo y esos cuatro caballeros. Los representantes de cada una de las partes se han reunido separadamente con ellos, quienes han escuchado (aunque ya los conocían de sobra) sus puntos de vista y sus posiciones. Indudablemente que lo que persigue ese ejercicio es propiciar la comunicación y eventualmente un diálogo entre esos factores.

En varios artículos de prensa míos he dicho que no soy enemigo del diálogo. Por el contrario, por “deformación profesional” como diplomático que he sido, considero el diálogo como un medio idóneo para resolver diferencias. Pero también sostengo, y sigo sosteniendo, que en Venezuela no es posible el diálogo entre el oficialismo y la oposición. La causa principal que impide el empleo de ese medio de solución de controversias es una sola: la soberbia del ilegítimo apátrida. “Sí Venezuela tiene que enfrentar al mundo entero y quedarse sola así lo haremos, que lo escuchen bien”, vociferó el 15 de septiembre del año pasado en su programa de televisión En Contacto. ¿Qué mejor prueba de insolencia, petulancia, megalomanía, que este arrebato del ilegítimo?

Pero Venezuela no se ha quedado sola. Quien está íngrimo y solo, acompañado únicamente de sus lacayos incondicionales, es él. Cada día surgen nuevas manifestaciones de solidaridad con Venezuela ante la situación desastrosa que vive el país.

Una de las más recientes y más aplastantes es la que formuló el G-7 la semana pasada. El G-7 aglutina a los jefes de Estado y de gobierno de los países más poderosos política, económica y militarmente del mundo (Alemania, Canadá, Estados Unidos, Francia, Italia, Japón, Reino Unido. Los líderes del G7 reunidos en Japón han instado al gobierno de Venezuela a “resolver urgentemente la creciente crisis económica y política que afecta al país” y le exigieron “respetar los derechos, los procesos democráticos, las libertades y el imperio de la ley proporcionando acceso a juicios justos y procedimientos adecuados”.

Los mandatarios de Alemania, Canadá, Estados Unidos, Francia, Italia, Japón, Reino Unido exigieron además que se establezcan “condiciones que permitan el diálogo entre el gobierno y los ciudadanos, con el fin de encontrar medios pacíficos para resolver la creciente y aguda crisis económica y política respetando la voluntad del pueblo”.

Sobre esto último toda Venezuela exige que antes de hablar de diálogo es indispensable que se materialice el referendo revocatorio, que todos los presos políticos sean puestos en libertad, que se resuelva la crisis humanitaria, que se respete la Constitución y que se reconozca y acate la independencia y la autonomía de la Asamblea Nacional.

Es claro que a priori no se puede rechazar la noción del diálogo. Normalmente, cuando se acude a un diálogo no se deben anteponer condiciones. En este caso no se trata de condiciones previas, sino de purificar el ambiente y eso solamente se logrará una vez que, como reconoce el G7 en su comunicado, se respete la voluntad del pueblo. Conociendo la arrogancia del sujeto, doy por descontado que la iniciativa de los “cuatro caballeros se estrellará contra la misma intransigencia que ha caracterizado al ilegítimo apátrida, heredada de su padre putativo, el finado dictador. El fracaso de la iniciativa de los “cuatro caballeros” pondrá todavía más en evidencia el peligro latente de que aquí se produzca un estallido social cuyas consecuencias serán irreparables.

La creciente preocupación internacional de  los gobiernos y de los medios de otras latitudes ante el creciente deterioro de la situación venezolana debería contribuir a sensibilizar a los gobiernos americanos que todavía mantienen una actitud de indiferente hipocresía, e inducirlos a asumir sus responsabilidades en el momento en que se plantee la activación de la Carta Democrática Interamericana.