• Caracas (Venezuela)

Adolfo Taylhardat

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Pena propia

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La semana pasada estuve unos pocos días fuera de Venezuela, en uno de nuestros “hermanos” de América Latina. Me reservo su nombre, pero es un país pequeño, un país que era más pobre y menos desarrollado que nosotros, aunque la situación ha cambiado. Hoy somos más pobres y menos desarrollados, o mejor más des-desarrollado, porque ese es el fenómeno que estamos experimentando.

A pesar de su pobreza, se trata de un país donde hasta el más humilde es más amable, más servicial y respetuoso que cualquier venezolano común. Da gusto ver cómo la infraestructura vial se encuentra en perfecto estado, las calles son limpias. Y… ¡lo más importante! ¡Hay de todo! En los mercados se consigue de todo. No hay colas en los supermercados, a no ser en las cajas para pagar.

No estoy hablando de ningún paraíso terrenal. Como dije, es uno de aquellos países donde Venezuela era admirada y envidiada por su riqueza, por su estabilidad política, su belleza natural.

En ese país no escuché a nadie criticar al actual presidente. Por el contrario, por doquier escuché a personas, muchas de ellas de extracción humilde, que hablaban muy bien de su presidente y criticaban fuertemente a su predecesor.

Así como pude apreciar el contraste entre ese pequeño país y el nuestro, constantemente sentía rubor, pena propia, cuando las personas con quienes hablaba, al enterarse de que soy venezolano, se manifestaban tristes, afligidas, apesadumbradas, por la terrible tragedia que vivimos aquí.

La televisión en ese país mantiene a la población informada sobre lo que ocurre aquí y hasta el humilde chofer de taxi que me recogió en el aeropuerto y el mesero o la mesera del restaurante estaban enterados de los sacrificios que debe hacer la gente para comprar alimentos, para adquirir artículos esenciales de primera necesidad para la higiene personal, remedios sencillos para problemas sencillos de salud y medicamentos sofisticados para el tratamiento de afecciones graves y delicadas. Se escandalizaban por el hecho de que encima de esas penurias, los venezolanos no tengamos servicios confiables de suministro de agua y de electricidad.

Los amigos y extraños con quienes hablé no entienden, como nosotros tampoco lo entendemos, cómo puede una persona o una familia sobrevivir cuando el ingreso mensual que recibe apenas le alcanza para comprar en el mercado lo necesario para subsistir escasamente una semana.

Todos mis interlocutores extranjeros me comentaban su asombro al constatar que una clase media floreciente y pujante ha venido hundiéndose, descendiendo de nivel, para engrosar la clase pobre, cuando en cualquier otro país del mundo el proceso es lo inverso, que la población pobre progrese y se nivele con el sector que goza de mejores condiciones de vida.

Definitivamente, resulta vergonzoso que los venezolanos inspiremos lástima, que seamos objeto de compasión y sentimiento no solo en ese pequeño país donde estuve de visita, sino en todo el mundo.

La tragedia venezolana es conocida universalmente. Todo por “obra y gracia” de un gobernante ilegítimo, ineficiente, obtuso, torpe, que conduce el país hacia el precipicio de la catástrofe.

La pregunta que inevitablemente acompañaba a esas manifestaciones de solidaridad era: ¿Cuándo van a salir de ese presidente que ha destruido su país? Los dictadores no son eternos. La historia demuestra que toda satrapía tiene su fin.

Un comentario final sobre un tema diferente: considero que era necesario aumentar el precio de la gasolina y esa medida se ha debido tomar hace mucho tiempo, pero el momento no es el más apropiado. El impacto en las actuales circunstancias, cuando los venezolanos somos más pobres, será brutal. Pareciera que se esperó el momento para que el aumento impactara de manera más cruel sobre el ya insostenible costo de la vida. No tardarán en conocerse los abusos y las especulaciones que resultarán de ese aumento. La corrupción y la especulación se han vuelto endémicas en Venezuela. El bachaqueo de gasolina, hasta ahora circunscrito a la frontera, se extenderá a todo el país. Pareciera como que se trata de una manifestación más de la maldad, del sadismo que prevalece en el régimen.