• Caracas (Venezuela)

Adolfo Taylhardat

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Adolfo Taylhardat

Estulticia en pasta

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Mi artículo de la semana pasada lo titulé “El régimen en el banquillo” refiriéndome al hecho de que durante las dos últimas semanas el régimen estuvo sometido al escrutinio del Comité contra la Tortura y otros Tratos o Penas Crueles, Inhumanas o Degradantes, que es uno de los órganos permanentes del Consejo de Derechos Humanos de las Naciones Unidas.

La jefatura de la delegación venezolana en la reunión del Comité estuvo a cargo del “hijo de papi-papi” en su condición de viceministro de Seguridad. Al parecer, quien debía cumplir esa función era la titular del despacho de prisiones. Según las malas lenguas la bajaron del avión cuando estaba a punto de partir para Ginebra. No se sabe por qué.

Pareciera que el jefe de la delegación venezolana leyó mi artículo, pero al final de la reunión dijo que a Venezuela “nadie la puede sentar en un banquillo de acusados”, con relación a violación de derechos humanos en el país. “A Venezuela nadie lo puede sentar en ningún banquillo de los acusados. Fuimos al comité de las ONU a dar un informe (...) pero caímos ante un comité parcializado por sectores de la oposición que estaban presentes”.

En mi artículo, como lo indica su título, me cuidé de cualquier expresión que pudiera sugerir que Venezuela, como país, estaba en el “banquillo” porque de lo que se trataba era de que el gobierno rindiera cuenta de las atrocidades que ha cometido contra numerosas víctimas de las manifestaciones pacíficas protagonizadas por los estudiantes y el pueblo, sometiéndolas a torturas, agresiones, humillaciones, violaciones de todo tipo sin distinguir entre hombres y mujeres. Se trató, simplemente de responder por las contravenciones a la Convención de las Naciones Unidas que prohíbe la tortura y tratos crueles contra las persona.

No disponiendo de recursos, de pruebas en contra para desvirtuar lo que es una situación ampliamente conocida, no solo en el país sino también en el ámbito internacional, el “vice” recurrió al consabido y desprestigiado expediente de intentar denigrar, difamar y desautorizar al Comité.

Según él (EU 17-11-14) las ONG que denunciaron los casos de tortura ante la ONU se reunieron previamente con el Comité para la tortura y tratos crueles “y les dieron informaciones que tiran hacia el sector político que ellos frecuentan”. O sea, que supuestamente las ONG venezolanas tienen poder o influencia suficiente como para presionar o persuadir a un órgano internacional y a sus integrantes, expertos provenientes de diferentes países.

“Lo lastimoso es que la ONU debería ser un comité imparcial, deberían tener un respeto por Venezuela. Vamos con la mejor voluntad, pero fue como si no dijéramos nada sino que la verdad era solo el otro sector”, señaló.

¡Qué opinión más ridícula! ¿Es producto de candidez, ingenuidad o simplemente estulticia? Una vez más queda demostrado que en diplomacia y mucho menos en la diplomacia multilateral no se puede improvisar. Esta afirmación queda confirmada con las siguientes aseveraciones del vice: El Comité contra la Tortura de la ONU pretendió crear la impresión de que en Venezuela hay “una dictadura pinochetista”. Las ONG (venezolanas) no tenían ningún fundamento y “lanzaron un número” de detenidos, torturados y violaciones de derechos humanos. Las preguntas del Comité constituyeron una falta de respeto a Venezuela, y el gobierno “tiene que examinar su posición” ante este organismo.

Habrá que estar pendiente del Informe que deberá presentar el Comité al Consejo de Derechos Humanos y del tratamiento que le dará a ese informe la Asamblea General de las Naciones Unidas.

Por lo pronto, el escrutinio realzado por el Comité ha expuesto a la opinión pública un régimen malvado que no tiene el más mínimo pudor para reconocer sus atrocidades cometidas contra jóvenes que claman por la democracia, la libertad y un país que les ofrezca perspectivas para desarrollarse intelectualmente dentro de condiciones de bienestar y prosperidad.