• Caracas (Venezuela)

Adolfo Taylhardat

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Depravado

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Depravado, degenerado, perverso, ruin. Eso y mucho más es el autor del vejamen de que fueron objeto doña Antonieta, madre de Leopoldo López y Lilian Tintori, su esposa, en Ramo Verde la semana pasada. La autoría y esos calificativos se extienden a quienes llevaron a cabo esa afrenta y aquí no cabe la excusa de que estaban cumpliendo órdenes superiores. Dos mujeres de uniforme fueron las coautoras y el hecho de que hayan registrado en un video esa vejación demuestra que todo fue llevado a cabo con premeditación. Pero la complicidad se extiende a todos los superiores de los autores directos. El silencio, la indiferencia del ministro de la Defensa ante un hecho tan grotesco como este no puede interpretarse sino como aprobación tácita de ese comportamiento. Esa culpabilidad alcanza también al ilegítimo, quien tampoco ha reprobado la conducta perversa de un hombre de uniforme.

Todavía más evidente es la complicidad del diputado capitán ex presidente de la Asamblea Nacional, quien no tuvo empacho en declarar públicamente que se había comunicado con el responsable de Ramo Verde para manifestarle “su solidaridad”. Peor aún, dentro de su empeño en involucrar a la oposición en todo lo que el régimen hace, ha inventado la especie de que la denuncia contra el autor del vejamen es parte de una campaña que persigue desprestigiar a la fuerza armada. Como es costumbre de los que se dedican a fabricar falsedades, en su programa de televisión presentó, como prueba de esa pantagruélica mentira, una grabación en la cual supuestamente se escuchan las voces de Leopoldo López y de su esposa conspirando contra el coronel Viloria.

Por su parte, el ofensor del pueblo dio a conocer que el militar director de Ramo Verde va acudir a su despacho para denunciar a Lilian Tintori por presuntos “agravios a su honor” como militar y ciudadano. Es la típica reacción del cobarde que busca esconderse tras inventos y falsedades. Supuestamente el personaje ha recopilado pruebas en las que se instiga a su linchamiento.

Previamente Lilian Tintori y doña Antonieta habían acudido a la Defensoría del Pueblo para presentar la denuncia de los ultrajes de que fueron objeto ella, su suegra y sus hijos que fueron obligados a presenciar, horrorizados, lo que le hacían a su madre y a su abuela. La Fiscalía reconoció que esos hechos configuran actos de violencia y dictó medidas de protección a las víctimas prohibiendo al director de la cárcel acercarse a ellos, hablarles, ni siquiera a través de terceras personas, perseguir, intimidar o acosar a las víctimas o sus familias.

Pero nada de eso es suficiente para resarcir el daño causado. La justicia, tanto la civil como la militar, debe imponer un castigo suficientemente drástico y severo. Una vez más queda pisoteada aquella consigna de que el honor es la divisa de la Guardia Nacional. Además de una agresión contra el honor de las agraviadas, el comportamiento del coronel responsable de lo ocurrido constituye una manifestación de cobardía.

La cobardía no tiene cabida en el Ejército. El director del penal y todas las personas que participaron en ese grave acto de cobardía deberían ser dados de baja y privados, con deshonor de sus respectivos grados militares. Es el único desagravio aceptable frente a los ultrajes infligidos a dos indefensas damas y la única respuesta que cabe ante la campaña de provocación, humillación y vilipendio con la cual el régimen pretende quebrar el espíritu valiente y combativo de Leopoldo López.