• Caracas (Venezuela)

Adolfo P. Salgueiro

Al instante

Entre vómitos, traiciones y sicariatos

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Cuando a uno le parece que ha llegado al llegadero y que ya se toca fondo en el marco de una crisis, la experiencia enseña que siempre se puede caer un poco más bajo, y tanto más cuando en materia política esa caída viene precedida y acompañada de un período de  propaganda que adormece al colectivo y le va quitando la capacidad de asombro y consecuente reacción. Allí es dónde estamos ahora.

Es evidente que la estrategia gubernamental se apoya en la generación de enemigos externos –reales o imaginarios– que por lo menos cumplan con la condición de alejar la preocupación cotidiana hasta que se prenda el próximo conflicto.

Durante la época de Chávez se inauguró en Venezuela la costumbre de endilgar epítetos e insultos groseros, y hasta soeces, contra el adversario visto siempre como enemigo mortal. El eterno no tenía miramiento alguno para soltar calificativo de diablo, traidor, rata, lacayo, escuálido, asalariado, etc. a quien se le ocurriera y así fue navegando con bastante impunidad hasta que en noviembre de 2007 la “boca real” de don Juan Carlos lo atajó con el recordado “¿por qué no te callas?”, en una Cumbre Iberoamericana en Santiago de Chile.

El reino del “hijo de Chávez” –quien imita a su mentor hasta en esas criticables prácticas– no solo no ha estado exento del verbo insolente, sino que ha mantenido y rebajado aún más la calidad de los adjetivos que se utilizan no solo en el campo interno sino también en el internacional donde, cada vez más visiblemente, hay mucha gente que demuestra su desagrado en forma crecientemente y explícita. Veamos.

En la semana que acaba de transcurrir el jefe del Estado, luciendo los collares que acreditan su investidura y como tal en pretendida representación de todo el pueblo venezolano, se permitió calificar la visita de unos legisladores extranjeros (españoles y uruguayos) como “vomitiva”; calificó a la OEA (de la que Venezuela es miembro fundador) de “basura”; obsequió con el epíteto de “sicario” al presidente del gobierno de España; “injerencista”, a todo aquel que ose nombrar a esta “patria bolivariana”; “peón del imperio”, “empleado de la Exxon” y “provocador a sueldo” al recién posesionado presidente de nuestro vecino Guyana, y pare usted de contar para no hacer la lista demasiado extensa.

Como el “jefe” usa lenguaje de bajo vuelo, entonces  pues los empleados se sienten autorizados –o a lo mejor ordenados– de hacer lo propio. Ejemplo es el del sociólogo-ministro Elías Jaua quien, olvidando su reciente y controvertido viaje a Brasil, acusó de “traidor” nada menos que al secretario general de la OEA por haberse atrevido a recibir a un alto dirigente de la oposición venezolana o como también lo hace varias veces por día la distinguida dama “canciller” de la República durante cuyo todavía breve ejercicio ministerial no ha escatimado adjetivos descalificativos en contra del presidente de Guyana, su colega el canciller de aquel país, la Exxon  y también pare usted de contar para no aburrirse.

Pero…, (y allí comienzan los peros…), los tiempos han cambiado. El eterno tan solo se comunica a través de “pajaritos” (¿será vía Twitter?), los reales se terminaron, Caricom se pasó de bando, Cuba nos dejó fuera como la guayabera apoyando a Guyana, Unasur y Mercosur se debaten entre seguir en la comparsa o marcar distancia, y en el ALBA el entusiasmo por la solidaridad automática se nota más apagado, etc., etc. Agréguese que otros “injerencistas”, como la Unión Europea, el Europarlamento, Almagro, hacen declaraciones que no gustan en Miraflores y, para peor, ahora resulta que el gran Lula está cuestionado porque parece que estaba en la movida con contratistas y la Rouseff está en pico de zamuro. La tortilla como que se ha dado vuelta y el procerato bolivariano no parece estar muy claro acerca de rumbo a seguir.

Los discursos del jefe del Estado poco parecen relacionarse con las ocasiones en los que se pronuncian. En Mercosur gastó el tiempo hablando sobre la guerra económica y llamando a Unasur a que se meta en el caso Guyana. Saliendo de la oficina de Ban Ki-moon en Nueva York afirma que este ya le dio razón en su planteamiento sobre el Acuerdo de Ginebra, etc. Es evidente que hay un abismo entre realidades y discursos de tal envergadura que invitan a pensar si ello no serán señales de alguna sintomatología que requiera apoyo de especialistas. Es necesario que de manera urgente alguien le quite el micrófono al señor Maduro –y a otros de ese equipo– para que no sigan llevando a la Venezuela de todos por el precipicio. Recuerde, señor presidente, que aun con los cálculos del CNE –no universalmente aceptados– usted “triunfó” con una ventaja de apenas 1.5% y revise las tendencias de hoy para ver cuál es la extensión de su representatividad actual, y no crea –o diga– que todo aquel que no piense como usted es de la “extrema derecha” (como si ello fuese un pecado, oligarca o burgués, lo cual es más bien muy cómodo y agradable) ni un traidor. Traidor es quien entrega la patria, no quien la defiende.