• Caracas (Venezuela)

Adolfo P. Salgueiro

Al instante

El niño Aylan el-Kurdi es el hijo de todos nosotros

  • Tweet:

  • Facebook Like:

  • Addthis Share:

El asunto de los refugiados y desplazados, que suele ser apenas una cuestión “virtual” para el venezolano medio, de golpe se ha convertido en un tema doblemente actual, vigente y de preocupación requerida. La primera arista (no por más importante sino por más cercana) es la de la situación transfronteriza que ha cobrado un carácter humanitario, con explotación política y con potencialidad de que se pierda el control. La segunda arista es la del drama que se vive desde hace tiempo en Europa con los refugiados africanos y sirios que por fin vino a explotar y alcanzar titulares con la dolorosa foto del niño Aylan el-Kurdi yaciendo ahogado en una playa turca víctima del naufragio de la embarcación en la que pretendía huir de Siria con su familia. Este columnista confiesa sin rubor alguno que dicha foto arrancó no una sino muchas y muy sentidas lágrimas porque uno debe ser consciente de que Aylan es el hijo o nieto de cualquiera de nosotros y su drama puede alcanzar cualquier latitud, tal como dan fe los hechos que ocurren en Cúcuta/San Antonio y lugares aledaños hasta hace poco escenarios de paz y complementariedad.

Los eventos que están transcurriendo en Europa dan cuenta tanto de la bondad como del egoísmo que es capaz de abrigar el alma de personas y gobiernos. Todos proclaman preocupación y solidaridad hacia los contingentes de refugiados que aparecen en noticieros de televisión, pero pocos son quienes están dispuestos a compartir algo con ellos. Pocos parecen entender que los miles de africanos que llegan en frágiles embarcaciones son seres humanos que huyen de condiciones de miseria y privación imposibles de imaginar para nosotros. Algunos pueden llegar a ser más comprensivos con los que provienen de Siria, tal vez –y esto es lo terrible– porque son blanquitos y muchos de ellos cristianos.

Da asco –por decir lo mínimo– cómo países que hace no mucho fueron escenario de guerras civiles, limpiezas étnicas, deportaciones masivas, etc., hoy colocan alambradas de púas en sus fronteras para repeler al desgraciado de hoy como lo fueron ellos ayer. Da asco también ver cómo gobiernos como el de Hungría, que en 1956 generó centenares de miles de refugiados cuando la invasión soviética, ahora niegan hasta un pasaje de tren a quienes pretenden circular por su territorio en tránsito para algún otro. Tanto que se habla del interminable y usualmente inútil peregrinar de los judíos en época del nazismo para hoy ver cómo la historia de la miseria humana se repite con igual indiferencia que antaño. En este punto hay que reconocer la singular solidaridad desplegada por el gobierno del general Eleazar López Contreras en 1939 acogiendo en nuestra patria a los errantes judíos que peregrinaban por el Caribe en los buques Caribia y Koenigstein después de haber sido rechazados por varios gobiernos que preferían dar la espalda al problema.

En medio de tanta indiferencia –disfraz del egoísmo malvado– apreciamos el gesto de gobierno y pueblo de Alemania, ambos dispuestos a aceptar a estos seres humanos y compartir con ellos lo mucho que Dios y su trabajo les ha permitido acumular.

Hemos sido testigos en España e Italia de comentarios xenófobos aplicados a africanos, rumanos y “sudacas” por los hijos y nietos de quienes generaciones atrás cruzaban los océanos cargados tan solo con sus esperanzas habiendo sido asimilados por los países receptores y en muchos casos generado descendencia y fortuna que cambiaron el carácter de sus nuevas patrias. Es feo –y lastimoso– ver morenos africanos vendiendo baratijas en las aceras de las urbes europeas. Sostenemos que cualquiera de ellos preferiría ser ejecutivo de algún banco o profesional independiente trabajando con protección legal y futuro asegurado en vez de encontrarse en tan horrible precariedad. ¡El punto de partida en la vida no es igual para todos! ¡Eso es lo mínimo que las sociedades debieran asegurar!

No es inusual oír decir en Europa y Estados Unidos que quienes inmigran (legal y peor aún ilegalmente) no tienen derecho de compartir el fruto de lo trabajado por quienes llegaron y trabajaron antes ¡y con las mismas ir a tomar la comunión en la misa dominical!

Es obvio que quien esto escribe –inmigrante legal y muy agradecido a Venezuela,  además de progenitor de hijos y nietos inmigrantes acogidos hoy en la gran nación norteamericana– no aboga por la inmigración ilegal ni aquí ni en ningún lado. Lo que sí proponemos es priorizar el derecho a la vida y a la dignidad humana que son dones que concede Dios por encima de normativas hechas por los hombres. Así como en materia de derechos humanos no hay excusa de soberanía que valga, en materia de refugio tampoco la hay, sino que allí debe aplicarse la cita bíblica del libro del Éxodo (3,7) que antecede el muy acertado documento emitido esta misma semana por la Comisión de Justicia y Paz de la Conferencia Episcopal Venezolana que cita la voz del Hacedor diciendo: “…He visto la aflicción de mi pueblo y he oído su clamor…”. Eso es válido tanto en Europa como en la frontera colombo/venezolana y debe ingresar en nuestros corazones sin condicionamiento alguno, tanto más cuanto hoy comprobamos que el asunto puede ocurrir tan lejos como el Medio Oriente o tan cerca como en San Antonio o Ureña del Táchira.

Que hay normas legales no lo desconocemos. Que existe Dios y los derechos humanos es lo que ponemos por encima.