• Caracas (Venezuela)

Adolfo P. Salgueiro

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Adolfo P. Salgueiro

Nosotros hacemos lo que nos da la gana

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Imagínese usted a un ministro del gobierno español o del norteamericano o de cualquier otro que sin aviso previo alguno se presentara en Caracas o Maracaibo, en un avión gubernamental o de Repsol o Exxon, con el objeto de suscribir un acuerdo con Súmate, muy legítimo –pero de poco agrado para el gobierno– por el cual se destinen fondos, ayuda técnica o logística o de capacitación para la optimización de los controles en un venidero proceso electoral venezolano. Tal operativo –aun cuando tal vez no necesariamente ilegal– no sería aceptable por nuestro gobierno siempre tan celoso de su interpretación de lo que es la soberanía, la no injerencia en los asuntos internos etc., etc. Ejemplos de ello hemos vivido suficientes.

Pues bien, esa situación imaginaria que acabamos de describir es exactamente la que acaba de ocurrir en Brasil hace apenas pocos días cuando un vicepresidente del gabinete nacional e importante ministro de Ideologización Comunista (Jaua) desembarcó en Sao Paulo sin notificación ni aviso previo al gobierno local (incluyendo suegra y  niñera armada) dizque con el fin de llevar a cabo unas reuniones con movimientos sociales, especialmente el MST (Movimiento de los sin Tierra) que es una organización formalmente legal (como lo es Súmate o el Foro Penal Venezolano, o Human Rights Watch), pero cuyas reivindicaciones suelen causar molestias y desestabilización a todo gobierno de turno.

La señora Rousseff, populista, socialista, chavista y demás –pero conocedora de sus prerrogativas– hizo lo que tenía que hacer: enviar una protesta de cancillería a cancillería reclamando por la falta de cumplimiento de las reglas de convivencia internacional que –por lo visto– desconocen o muy poco importan a los “rojo-rojitos” cuya visión del mundo les hace creer que pueden hacer lo que les da la gana al amparo de su ropaje “revolucionario”.

La Cancillería venezolana –o el gobierno en su conjunto– cree que lo que practican en el Caribe o en Centroamérica a punta de dádivas o de prepotencia subimperial lo pueden hacer en todas partes impunemente. Resulta que Brasil es una potencia regional con aspiraciones mundiales de larga data y que aun en el frenesí populista necesario para haber ganado el reciente proceso electoral, tiene políticas de Estado a largo plazo entre las que se incluye el apego a la diplomacia formal.

Es cierto que Brasil ha conseguido lucrativos contratos públicos en Venezuela no siempre de manera transparente, pero también es cierto que la “revolución” los enredó con la incumplida promesa de aportar capital para la refinería Abreu e Lima (que ya está casi lista sin haberse visto aún el primer dólar venezolano), o el fantasioso gasoducto soñado por el Gigante que uniría Margarita con Buenos Aires sembrando de energía toda la Amazonía brasileña etc., etc.

De paso –y para demostrar la flagrante inconsistencia– nuestro gobierno ha presentado queja ante el de Colombia porque su embajador oficialmente acreditado ante Venezuela ha cometido la “osadía” de aceptar reunirse con factores de la oposición. Seguramente que los avezados diplomáticos rojo-rojitos no han tenido tiempo de leer la Convención de Viena sobre Relaciones Diplomáticas –de la que Venezuela es parte y figura en Gaceta Oficial– en la cual se señala con meridiana claridad que entre las funciones de los embajadores está justamente la de enterarse por todos los medios lícitos de las realidades de los países donde sirven e informar de ello a su propio gobierno. ¿Cómo lo logran si solo pueden oír un único relato?

El pecado del embajador de Colombia fue el de haber ejercido a cabalidad sus prerrogativas. Muy distinto a sus colegas del clientelismo pedigüeño o del pragmatismo insultante que tienen miedo de conversar con los actores no oficialistas del quehacer nacional porque literalmente los regañan desde Miraflores y –cuando se atreven– lo hacen en forma clandestina, a través de funcionarios de menor rango y con ruego de que no divulguemos nada. Varios de quienes han conversado con el suscrito u otros factores de oposición saben de lo que se está hablando. ¿O no? Tranquilos… el secreto será guardado como si de confesión fuera, aunque el sabor amargo seguramente persistirá, pero sin contaminar las relaciones que en un futuro distinto se vayan construyendo.