• Caracas (Venezuela)

Adolfo P. Salgueiro

Al instante

¡Me dan ganas de tirar la toalla, pero no lo haré!

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La tarea de producir una reflexión semanal durante varias décadas genera en los opinadores una responsabilidad especial por cuanto se ha constatado una y otra vez que el conjunto de esas opiniones colectivas –denominado “opinión pública”– tiene el comprobado potencial de influir –para bien o para mal– en quienes toman decisiones (si es que no son sordos y ciegos como los actuales) y también en quienes han de vivir –o sobrevivir– las consecuencias.

Lo anterior implica asumir, tanto como sea posible, una interpretación preferiblemente positiva aún de los acontecimientos más desafortunados que una y otra vez golpean tercamente la realidad internacional o local. Es un poco como quien opta por conformarse con la amputación de un miembro herido ante la alternativa de que una gangrena derive en la otra alternativa que sería la muerte segura o probable. Eso tratamos de hacer sábado a sábado, pero llega el momento en que la realidad que nos cachetea ya no deja lugar para sueños siquiera medianamente alcanzables. Ese día llegó hoy cuando todos los indicadores nos avisan que lo razonable, lo honesto, lo legítimo, lo obtenible se aleja hacia horizontes que difícilmente podrán ser alcanzados por quienes ya tienen el sol a sus espaldas. Lindo no es y menos aún cuando tomamos nota de que hace ya cuarenta y tres años llegamos a la Tierra de Gracia –cuya entrada era el viejo Aeropuerto de Maiquetía– con un familia a cuestas, un título profesional y muchas, pero muchas ganas de “echarle bolas”. Mal no nos fue ni a nosotros ni a muchos más –todos inmigrantes– que albergaban similares ilusiones. Por todo ello el agradecimiento a la patria es imperecedero. Pero aquí comienzan los peros…

Seguro que cometimos algunas o varias equivocaciones, sin descartar que aquellos, que por profesión o vocación asumimos un perfil público, tengamos mayores responsabilidades. ¿Quién puede negar su condición de falible así haya nacido en Buenos Aires como el suscrito? Jajaja.

Pero… hoy presenciamos cómo todo se cae a pedazos, desde el asfaltado de nuestras calles hasta los principios de la convivencia democrática. Desde la integridad territorial hasta la seguridad alimentaria. Desde los hospitales hasta la seguridad personal. Desde la economía distorsionada por desequilibrios de precio equivalentes a 100 veces entre el dólar oficial y el que se trafica en la calle. Desde cuando los muchachos se esforzaban por tener buen promedio para ingresar a la universidad hasta cuando la dirección de habitación se valora en los requisitos de ingreso igual que el índice académico y tal locura se convalida velozmente por la justicia y se festeja por la autoridad.

Hacemos esfuerzos de fe y de intelecto para avizorar soluciones electorales en condiciones siquiera medianamente aceptables para encontrarnos con el ventajismo descarado en todos los frentes: cambio de circuitos, cambio de número de diputados, supresión de la observación, inhabilitación política de líderes de peso (María Corina y los que seguirán), etc. Todo ese futuro luce negro de toda negrura, incluso lo que popularmente se denomina “cobrar” si el ganador no es el que se arroga la única representación del “pueblo” que se convierte en una plastilina amorfa en espera de la manipulación inmisericorde. Y si ganan los “nuestros” tampoco se vislumbran señales muy refrescantes a juzgar por cómo actúan al día de hoy.

Por profesión y por vocación irremediablemente masoquista nos damos con frecuencia a la muy ingrata tarea de escuchar programas y cadenas mediáticas en las que el insulto soez, la mentira y la deformación son tan sangrientas que inducen a la náusea. Cuando el jefe del Estado afirma que uno de los principales candidatos no aguantaría un examen de orina porque el mismo revelaría trazas de droga, o cuando otro –hoy gobernador oficialista– afirmó que el entonces presidente se habría “fumado una lumpia” o cuando todo el que opine diferente es calificado de “extrema derecha” como si tal cosa fuera una peste, un delito o un estigma, etc. etc.

Es por todo eso que este opinador –que algunos seguidores tiene y por eso se siente responsable– hoy anda con el guáramo herido, los sueños en el territorio de lo inalcanzable y asaltado por la incertidumbre de cuánto más habrá que descender hasta tocar fondo cuando uno creyó que hace rato que allí estamos.

Pero hay algo de lo que todavía sí estamos claros y seguros y es que aun cuando tres de nuestros cuatro hijos y seis de nuestros ocho nietos –igual que decenas de miles más– se hayan integrado con suerte y éxito al quehacer del “imperio estadounidense” o de otros destinos, quien esto suscribe (y su venezolanísima y gocha compañera de camino) seguiremos en el puesto de lucha en la Tierra de Gracia, a la espera –inútil a lo mejor– de que los tiempos cambien y nuevos aires oxigenen la atmósfera de esta, nuestra única patria a la que pese al desánimo de hoy, seguiremos ofreciendo los esfuerzos y los suspiros que aún nos queden.

La historia, por definición, es cíclica. Habrá un nuevo ciclo. Ojalá sea mejor que este y se pueda aprovechar alguna enseñanza.