• Caracas (Venezuela)

Adolfo P. Salgueiro

Al instante

De no creerlo

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Hay una frase que dice que la mejor política exterior que puede tener un Estado es una buena política interna. A esa conseja puede agregarse que la política exterior debe guardar el máximo de coherencia posible con la política interna.

Lo anterior, razonándolo al revés, puede resumirse en que el caos y/o la improvisación en uno de los elementos de la ecuación (exterior-interno) seguramente se traduce en lo mismo para el otro elemento. Exactamente eso es lo que pasa en la Venezuela de hoy.

Como la política interna se nutre casi exclusivamente de impericia, improvisación, contradicciones, incoherencias, etc., no es de extrañar que en el frente internacional se viva el mismo cuadro con el agravante de que a estas alturas, cuando lo bizarro se ha convertido en  habitual, la capacidad de sorpresa de propios y extraños aparezca sustancialmente disminuida.

Hoy comentamos dos casos recientes que son tan insólitos que de no ser por lo expresado en el párrafo anterior moverían a intensa preocupación.

El primero de ellos es el papel absolutamente alienado que ha asumido Venezuela desde que ocupa un puesto como miembro no permanente en el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas. Recordemos que en su momento Chávez realizó una campaña tan costosa como inútil para ingresar a ese Consejo; por fin en 2014, como candidato único del Grupo Latinoamericano y del Caribe (Grulac) –y no por primera vez– nuestro país alcanzó el preciado puesto a partir de enero de este año 2015, aprovechando ese sitio privilegiado para expresar los puntos de vista generalmente controversiales y contradictorios que sustenta el gobierno bolivariano. Sin embargo, se pasó de maracas cuando recientísimamente, en ocasión de aprobarse una resolución que autoriza el uso de la fuerza para desmantelar las mafias de traficantes de refugiados que operan en el mar Mediterráneo, la misma logró el voto de todos –sí, todos– los miembros menos el de Venezuela –que para vergüenza propia y ajena– prefirió abstenerse dejando el resultado en 14 a favor y una abstención. Bien puede uno pensar que la patria de Bolívar no tiene opinión –o a lo mejor desaprueba– el consenso sobre un tema que es moralmente crucial y prácticamente determinante en el cuadro político de hoy.

El segundo asunto es el ocurrido a partir del primer día de este mes en la OEA. Es cierto que Venezuela y otros países lideran una corriente que expresa que la organización regional sirve para poco ya. Así y todo mientras la pudo controlar a fuerza del realazos y clientelismo bien que recurrió a ella destinando como representantes a algunas de sus más connotadas fichas diplomáticas (Valero y Chaderton). Pues es el caso que a partir de octubre, por estricto orden alfabético y por un trimestre, le corresponde a Venezuela el ejercicio de la presidencia rotativa del Consejo Permanente que es el órgano de mayor jerarquía con ubicación en la sede de Washington. Resulta que el mismo día sin previo runrún (que uno haya sabido) han raspado sin aviso y sin protesto a Roy Chaderton, embajador ante la organización desde hace varios años y figura estrella en las lides internacionales chavistas. Es cierto que en su lugar designaron a Bernardo Álvarez Perera, que no carece de credenciales pero que por esas cosas del destino –a cuenta de reciprocidad y sin culpa propia– fue expulsado de Estados Unidos donde se desempeñaba como embajador. Es así como los gringos tendrán ahora que extender inmunidades y privilegios a una persona que antes expulsaron. Bonita forma de encarar la recomposición de relaciones que tantas veces se anuncia y otras tantas se frustra.

Lo anterior más las lamentables entrevistas que de tanto en tanto conceden los representantes venezolanos a medios extranjeros han instalado ya una matriz de poco respeto ante la falta de profesionalismo y conocimiento de las lides diplomáticas. Mucho habrá que hacer para reconstituir un servicio exterior literalmente destruido y que no se repone de un día para el otro.