• Caracas (Venezuela)

Adolfo P. Salgueiro

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Adolfo P. Salgueiro

Santos por fin se dio cuenta de con quién está “dialogando”

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Cuando en 2002 Álvaro Uribe asumió la presidencia de Colombia prometió llevar adelante una política de seguridad sustentada, fundamentalmente, en la erradicación de la guerrilla por la vía de la derrota militar ya que diversos intentos de negociación habían resultado fallidos. Casi lo logró y su principal escudero fue nada menos que Juan Manuel Santos, como todos recordamos.

Pero la política depara muchas sorpresas y es así como el mismísimo Santos de la mano dura y de la cara amarrada frente a los desatinos chavistas resolvió –con buena dosis de pragmatismo– que era necesario durante su mandato recomponer las relaciones con Caracas convirtiéndose en “mejores amigos”, y lo  más sorprendente es que teniendo a las FARC casi que de rodillas, con su cúpula diezmada y sus métodos sangrientos de lucha repudiados por toda Colombia, se le ocurrió la idea de un diálogo en el que permitió protagonismo a los Castro, por haberse escogido La Habana como sede; a Chávez, al ofrecérsele la condición de acompañante, y a la dirigencia guerrillera, al darle ocasión de exhibirse de igual a igual por dos años ya frente a las instituciones del Estado colombiano. Dos años van ya de tires y aflojes que siempre parecen estar conduciendo a algo y al final no conducen a nada.

Peor aún, el “mago” Santos logró convencer a suficientes votantes como para que el tema de la pacificación se convirtiera en el principal de la campaña de 2014, siendo él quien –naturalmente– galvanizaría el asunto.

El punto que este columnista quiere resaltar es que las FARC ni son un movimiento de liberación nacional, ni son una proporción importante de la población, ni controlan alguna parte significativa del territorio colombiano ni han sido elegidos por nadie. En consecuencia, mal puede esa gente sentarse a negociar temas constitucionales, ni del régimen de la tierra, ni reformas legales de fondo. El que quiera discutir esos temas debe antes asegurarse una presencia en el Parlamento u otros órganos de representación para luego –desde allí y con su representatividad comprobada– aspirar a hacerse oír. Ni más ni menos eso hizo el M19 (grupo irregular de los años 70/90) cuando optó por legitimarse en la política para desde allí buscar, proponer y negociar cambios, aun cuando el inicio del ese proceso fue ciertamente sangriento.

Otro aspecto digno de destacar es que mientras toda esta negociación viene siendo bastante traumática Colombia crece, se ha con vertido en exportador de energía, la seguridad jurídica se ha consolidado y las inversiones fluyen a un ritmo que más que decuplica al de Venezuela, lo cual sugiere que van por el buen camino para la reducción de la pobreza y la consolidación de la justicia social.

Tuvo Santos que enfrentarse al reciente secuestro de uno de sus importantes jefes militares para darse cuenta de con qué clase de sujetos estaba “dialogando”, y no tuvo más remedio que poner un corte a toda la opereta que se escenifica en La Habana. Hubiera seguido con las pautas que le dejó su predecesor y ya a estas horas Colombia, con su buen crecimiento, estaría en paz en vez de estar dando tribuna a terroristas irredentos.