• Caracas (Venezuela)

Adolfo P. Salgueiro

Al instante

Ripley se quedó gafo-Premio de Alimentación de la FAO

  • Tweet:

  • Facebook Like:

  • Addthis Share:

Existe desde 1919 un libro titulado Aunque Ud. no lo crea, cuyo autor original es el norteamericano Robert Ripley en el que se documentan –suponemos que fehacientemente– los hechos más bizarros o insólitos que uno pueda imaginarse. La obra se sigue enriqueciendo aun hasta nuestros días con informaciones y acontecimientos a los que cuesta dar crédito de no ser por la rigurosidad con que los editores confirman las informaciones que les llegan. Algo así como el Libro Guinness que reseña –previo meticuloso análisis y pruebas– récords mundiales en las cosas más insólitas.

La explicación que antecede viene al caso como introducción a una noticia cuya credibilidad resulta difícil de tragar pero que parece ser cierta en este mundo al revés. Se trata de que la FAO (Organización para la Alimentación y la Agricultura) que es parte de Naciones Unidas, ha conferido a Venezuela –y a varias decenas de naciones más– un reconocimiento especial por entender que ha conseguido el logro 1.C de la ambiciosa declaración de la Asamblea General del año 2000 (Objetivos del Milenio) de “reducir antes del 2015 la proporción de personas que padecen hambre” y que se expresa en términos amplios como la: “Erradicación del hambre y la pobreza en el mundo antes de 2015”. Para recibir tan honrosa distinción el señor Maduro viajará a Roma, sede de la organización y –como es lógico suponer– el gobierno nacional hará la máxima explotación mediática y política del acontecimiento, tanto más cuando estamos en el inicio de una precampaña electoral para unas elecciones que no se sabe cuándo se llevarán a cabo. ¡Esta es Venezuela compadre!

El otorgamiento del referido reconocimiento debiera ser motivo de legítimo orgullo para todos los venezolanos sin distinción de su ubicación en el polarizado espectro político que arropa el ambiente actual. El problema es que estamos en presencia de una gran mentira –o al menos de una media verdad– presentada en forma sesgada no por la “gran prensa internacional de la derecha oligárquica” sino por la hegemonía comunicacional lograda ya por el régimen que nos desgobierna.

Sin ser especialista en la materia (pero habiendo conversado con algunos) tomamos nota de que la distinción se otorga con base en cifras que datan del año 2013 y que además –como es costumbre (mala)– de la ONU, los números son los suministrados únicamente por las fuentes gubernamentales. Si usted, lector, confía en dichas fuentes –como parece hacerlo el representante residente de la FAO en Venezuela (brasileño pana de Lula y desfachatadamente chavista en lugar de ser neutral como funcionario internacional que es)– ello es su derecho y puede festejar la distinción, a menos que usted pertenezca a la clase E o a la pobreza rural en cuyo caso posiblemente la cosa no le cuadre.

En primer lugar, hasta 2013 Venezuela, como muchos otros países que también mejoraron su situación, aún surfeaba sobre la ola de los altos precios de las “commodities” (en nuestro caso el petróleo) que llevaban años en crecimiento. Así pues, estaríamos en presencia de un caso similar a los maratonistas de Boston de 2013 con el fervor de verse casi en la meta y al minuto siguiente el drama de encontrarse muertos o con las extremidades amputadas por la acción de unos terroristas que pusieron unas bombas en la línea de llegada.

En segundo lugar es bien sabido que Venezuela (y otros países también) son tramposos al suministrar estadísticas oficiales o directamente las ocultan pese a que es su obligación –por convenios internacionales– generarlas de acuerdo con metodologías universalmente establecidas y entregarlas dentro de los plazos acordados a fin de que las mismas sirvan para tomar las decisiones más adecuadas. Para eso existen los censos nacionales o los reportes epidemiológicos que no son un secreto de Estado sino una obligación legal y moral de convivencia internacional para prevenir la difusión de enfermedades infecciosas, pestes agrícolas, contaminaciones, etc. ¿Puede acaso  un país negar, si fuere el caso, que tenga casos de paludismo o de ébola amparándose en su soberanía?

Como ejemplo de lo que se afirma, tomemos el salario mínimo mensual hoy vigente de 6.746 bolívares. Si lo calculamos al precio oficial que informa el gobierno a nivel internacional de 6,30 bolívares por dólar, ello arroja la cifra de 1.070 dólares mensuales que lo convierte en el más alto de América. Si lo calculamos al dólar Sicad (12 bolívares) nos situamos en 562 dólares, que sigue siendo entre los mejores. Si lo calculamos al dólar Simadi (200 bolívares) se nos reduce a 34 dólares y si nos situamos en la tristísima pero acuciante realidad (420 bolívares por dólar) estamos en 16 dólares mensuales, junto con Cuba los más bajos del continente y siempre son los mismos 6.746 bolvíares.

Así pues, teniendo en cuenta las cifras oficiales –que son las que recoge la FAO– y tomando nota de que son solo hasta 2013 y que –según entendemos– no se discrimina entre el origen de las calorías ingeridas por la población (carbohidratos, proteínas, grasas) pudiéramos estar ante un panorama cónsono con los tan cacareados –y definitivamente urgentes– Objetivos del Milenio pero, teniendo en cuenta cómo ha evolucionado la situación alimentaria en Venezuela con toda la escasez y conmoción social que ha generado (colas, protestas, racionamientos, represión, etc.), parecería medio inconsistente que el jefe del Estado se presente en Roma a recoger un reconocimiento cuyos fundamentos han desaparecido del escenario social de Venezuela, aun cuando su deseabilidad sigue consagrada en el artículo 305 de la Constitución de 1999 que ellos mismos hicieron a su medida, el cual obliga al Estado a garantizar la seguridad alimentaria a través de “disponibilidad suficiente y estable de alimentos en el ámbito nacional y su acceso permanente y oportuno a estos  por parte del público consumidor”. ¿Usted cree que esto se está dando en la Venezuela bolivariana de hoy?